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“Vale la pena mirarnos en el espejo de los libros”

  • Foto del escritor: Filoletras UATx
    Filoletras UATx
  • hace 1 día
  • 5 min de lectura

Entrevista con Jacqueline Bernal Arana, coordinadora de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana

Carolina HERMIDA|filoletras

27 de mayo del 2026

Jaqueline Bernal Arana cierra cuatro años de coordinación en la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana con la serenidad de quien mira atrás sin dejar de pensar en lo que viene. Tras veintisiete años de docencia en la Facultad de Filosofía y Letras, su despedida no tiene el tono de una renuncia, sino el de una pausa lúcida, la de alguien que sabe que toda gestión es también una forma de sembrar. Habla desde la experiencia, pero también desde una sensibilidad que entiende a las humanidades no como un adorno académico, sino como una necesidad profunda para leer el mundo y leerse en él.

Al recordar este cierre, explicó que lo vive con emoción, con orgullo por lo realizado y con una inevitable nostalgia por lo que queda pendiente. Reconoció, además, el respaldo de quienes encabezaron la administración durante este periodo, y agradeció especialmente a la maestra Verónica González y al maestro Hugo Pérez Olivares, con quienes trabajó en una relación de acompañamiento y confianza. En sus palabras se percibe que la coordinación no fue para ella un cargo meramente administrativo, sino una responsabilidad compartida en favor de los estudiantes y de la vida académica de la licenciatura.

Para Bernal Arana, cerrar este ciclo dentro de una carrera dedicada a la literatura implica reafirmar el valor de las humanidades en un sentido amplio y urgente. Señaló que el saber humanístico no debe entenderse como algo separado de otras disciplinas, porque también el médico, el ingeniero, el profesionista de cualquier área, necesita reconocer la dimensión humana de su trabajo. En su visión, las humanidades enseñan a preguntarse quiénes somos, qué deseamos, qué soñamos; ofrecen herramientas para pensar la ética, la belleza y la experiencia misma de estar vivos. Y esa formación, dijo, debería ocupar un lugar central en toda decisión educativa.

Al hablar del descenso en la matrícula de las carreras humanísticas, la coordinadora observó que existe un falso dilema que ha pesado durante años sobre los jóvenes: elegir entre estabilidad económica o humanidades, como si una excluyera necesariamente a la otra. Desde su experiencia, esa oposición es engañosa. No siempre las profesiones consideradas “rentables” garantizan seguridad, ni las humanidades condenan al fracaso. Lo que verdaderamente importa, sostuvo, es que cada estudiante asuma con disciplina y convicción el camino que elige, para convertirlo en proyecto de vida. En tiempos marcados por la violencia y los discursos de odio, añadió, la literatura y el pensamiento humanístico resultan todavía más necesarios.

También explicó que el decremento en el interés por la licenciatura responde, en parte, a una coyuntura particular del estado, cuya población estudiantil es limitada, y a la apertura de nuevas opciones de educación superior que han captado a jóvenes egresados de preparatoria. A ello se suma una percepción social persistente que privilegia aquello que aparenta mayor utilidad económica. Sin embargo, Bernal Arana insistió en que esa idea reduce de manera injusta el valor de las humanidades y deforma las posibilidades reales de formación y de vida.

Durante su gestión, la coordinación impulsó distintos proyectos de gestión cultural para fortalecer el vínculo de los estudiantes con la literatura. Hubo conferencias, ciclos de conversación, muestras de teatro y encuentros con poetas, escritores, guionistas e investigadores. En esos espacios, dijo, se tejió parte importante de la identidad de la comunidad estudiantil. Para ella, la gestión cultural no fue un complemento, sino una de las actividades más significativas de estos años, porque dejó huellas, preguntas y entusiasmos en los jóvenes.

Al referirse a las nuevas generaciones, Bernal Arana reconoció que los estudiantes actuales están más vinculados con la información inmediata, con los ritmos vertiginosos de lo digital y con otras formas de acceso al conocimiento. Eso ha implicado desafíos para el profesorado, que debe mantenerse actualizado y a la altura de interlocutores más críticos y exigentes. La diferencia con las generaciones de hace décadas, comentó, es visible en la relación con la lectura: antes se acudía con mayor frecuencia a las bibliotecas y al libro físico; hoy, aunque las pantallas dominan muchos hábitos, persiste entre los estudiantes de literatura un aprecio especial por el libro impreso, por su materialidad, por su tacto y su respiración silenciosa.

La coordinadora subrayó que la literatura sigue siendo importante porque permite conocer otras voces, otros mundos y otras identidades. Leer, en su visión, es un modo de acercarse al otro y de comprender también la propia condición humana. En un contexto social marcado por la violencia, afirmó, los libros abren una posibilidad de reflexión y de sensibilidad que resulta indispensable. La literatura, dijo, nos enfrenta con el misterio de lo humano: a veces como espejo claro, a veces como espejo roto, pero siempre como una forma de reconocimiento.

En el tramo final de la entrevista, la voz de Jacqueline Bernal Arana se vuelve más íntima, más cercana, como si hablara no sólo desde la coordinación que deja, sino desde la docencia que la ha acompañado durante casi tres décadas. “Creo que uno de los aprendizajes más importantes es entender que ningún proyecto se hace en soledad”, dice. “La coordinación es un trabajo colectivo, un ejercicio democrático, libre y, sobre todo, ético. Todo debe pensarse en función del bien común”.

También admite que uno de los mayores desafíos ha sido mantenerse cerca de las nuevas generaciones, conocer su bagaje cultural, entender sus formas de leer el mundo y acompañarlas sin perder el rigor académico. “No tendría que verse como un conflicto”, señala, “sino como una responsabilidad permanente del docente: investigar, acercarse, dialogar, comprender”.

Cuando recuerda a sus estudiantes, lo hace con afecto. Menciona especialmente los cierres de semestre, esos momentos en que las actividades integradoras y los proyectos de praxis profesional se convierten en una suerte de ritual comunitario. “Ahí se da cuenta uno de lo que somos”, expresa. “De lo que costó trabajo, de lo que se disfrutó, de lo que se construyó juntos”. Y en ese recuerdo se cifra buena parte de su paso por la coordinación: una forma de hacer comunidad a través del lenguaje, la lectura y la formación compartida.

Antes de concluir, deja un mensaje para quienes dudan entre estudiar humanidades o buscar otros caminos. “Que duden”, dice con claridad. “La duda siempre será lo mejor. Pero que investiguen, que exploren, que se permitan decidir. Si estudian literatura con seriedad, con profesionalismo y con disciplina, pueden construir un proyecto de vida digno, valioso y profundamente humano”.

Y cuando se le pregunta cómo quisiera ser recordada por la comunidad universitaria, responde con una frase que resume el espíritu de toda su conversación: que el trabajo en una coordinación, por más árido que parezca, cobra sentido cuando se piensa desde el bien común y desde la convicción de que vale la pena mirarnos en el espejo de los libros. En ese reflejo, dice, en palabras que parecen despedida y promesa al mismo tiempo, sigue estando la posibilidad de entendernos, de conmovernos y de imaginar otra manera de estar en el mundo.


 
 
 

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