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Leer menos, leer mejor

  • Foto del escritor: Filoletras UATx
    Filoletras UATx
  • hace 5 días
  • 2 min de lectura

Carolina Martínez | Filoletras


Últimamente he pensado mucho en cómo leo. Como muchos, suelo tener varios libros abiertos al mismo tiempo. Salto de una novela a un ensayo y luego a un poemario, extendiendo a la vida real el caos de una pantalla con demasiadas pestañas abiertas. Nos hemos vuelto contadores de nuestra vida interior, medimos cuántas páginas devoramos, cuántos libros sumamos al año y qué tan rápido avanzamos. Sin embargo, en mis últimas vacaciones leí únicamente Las olas, de Virginia Woolf. Una historia que sigue el fluir de la conciencia de seis amigos, desde la infancia hasta la vejez, a través de monólogos que avanzan al ritmo de las mareas y del sol.


Así que decidí romper con las lecturas simultáneas para quedarme a solas con Woolf. Le otorgué un horario inamovible, un ritual. El ritmo de la historia se me fue metiendo debajo de la piel y, al obligarme a ir despacio, lo interioricé. Dejé de pensar en lo que leería después. Tenía una hora reservada únicamente para ese encuentro, transformando la lectura en una experiencia. Leer con demasiada prisa dificulta que los detalles se asienten en la memoria y se conviertan en recuerdos duraderos.



Al leer despacio no solo comprendemos mejor, sino que habitamos el libro. Conversamos con él, le hacemos preguntas y dejamos que sus personajes se materialicen. Las ideas reposan, los símbolos se revelan y las frases viajan de la página a nuestra memoria. La lectura lenta exprime cada página y nos acompaña después de cerrarla, irrumpiendo en nuestros días mientras caminamos, trabajamos o tomamos un café.


Eso me pasó con Las olas. Durante semanas, la historia se fundió con mi rutina. Aún recuerdo las tardes en las que avanzaba, los lugares donde abrí el libro y lo que sentía en ese momento. Como cuando asocias ciertas canciones con recuerdos, volver a sus páginas hace que todo lo que viví en esos días se sienta más fresco. Hoy me resulta imposible separar el recuerdo de aquellas vacaciones de la experiencia de leerla; ambos quedaron entrelazados. Algo que dudo que pase cuando leemos con prisa.


Por supuesto, entiendo la importancia de leer más y descubrir nuevos títulos. Pero vivimos en una época que nos empuja a saltar siempre a lo siguiente, el siguiente mensaje, la siguiente noticia, la siguiente serie, el siguiente libro. La velocidad se ha vuelto un logro en sí mismo, y hasta entre lectores solemos medirnos por el volumen de libros tachados.


Sin embargo, me parece que establecer una conexión con una lectura, procesarla con el tiempo debido, nos contagia con más profundidad de sus ideas. Por eso cada vez estoy más convencida de que necesitamos bajar el ritmo, leer más lento, pero mejor. Se trata de concederle a un libro la posibilidad de convertirse en una compañía, que sus imágenes encuentren un lugar dentro de nosotros y que su mundo dialogue con el nuestro. Los libros que verdaderamente hacemos nuestros terminan por abandonar los límites de la biblioteca y encuentran un lugar en nuestra memoria y en nuestra forma de ver el mundo.



 
 
 

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