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La trampa del bolsillo: por qué tu teléfono está diseñado para morir

  • Foto del escritor: Filoletras UATx
    Filoletras UATx
  • hace 6 días
  • 2 min de lectura

Ariadna Michelle| Filoletras

2 de junio de 2026


Hubo un tiempo en que las cosas se fabricaban para durar. Mi celular empezó a fallar y mientras platicaba con mi hermano, él me recordaba mi “mala suerte” con los celulares, y como estos tienen un tiempo de vida corto, sin embargo, mi reflexión fue distinta, pues yo creo que más bien los celulares ahora tienen un tiempo de vida menor debido a una trampa capitalista que nos manipula con la falsa idea de estar “comunicados”, pero quién no recuerda los primeros teléfonos móviles, aquellos legendarios bloques de plástico de principios de siglo que sobrevivían a caídas desde segundos pisos. Hoy, en cambio, compramos tecnología con fecha de caducidad implícita; estrenar un celular es como experimentar un romance que sabemos, con resignada certeza, que no durará más de tres años.


No es paranoia ni mala suerte; es una estrategia fría y calculada. El capitalismo contemporáneo ha perfeccionado un mecanismo que convierte la innovación en desecho y la necesidad en un bucle infinito de consumo: la obsolescencia programada.


El teléfono que llevas en el bolsillo es una obra de arte de la ingeniería, pero también un monumento a la fragilidad deliberada. Baterías, soldadas para impedir que el usuario las reemplace fácilmente, pantallas que, aunque más brillantes, parecen desafiar las leyes de la gravedad rompiéndose ante el menor descuido, y repararlas cuesta a menudo la mitad de lo que vale un equipo nuevo. Un software el cual anuncia la muerte silenciosa; una actualización del sistema operativo promete hacer tu teléfono más seguro o añadir emojis más expresivos, pero el resultado real suele ser un dispositivo ralentizado, pesado, que agota su energía en medio día. De repente, las aplicaciones cotidianas dejan de funcionar y te impiden usarlo; simplemente haciendo que la experiencia sea tan frustrante que terminas deseando cambiarlo.


Y, por último, la maquinaria publicitaria nos ha educado para sentir una vergüenza sutil si nuestro teléfono no tiene tres cámaras en la parte trasera o si el marco de la pantalla es un milímetro más grueso que el del modelo del año en curso. Nos hacen creer que un objeto perfectamente funcional es obsoleto solo porque ya existe uno ligeramente superior.


La consecuencia de este ciclo de "comprar, tirar, comprar" es un desastre de doble vía. Por un lado, el vaciado sistemático de la cartera del consumidor, atrapado en una suscripción forzosa a la propiedad de un teléfono. Por el otro, el drama medioambiental: montañas de basura electrónica que terminan en vertederos de países en desarrollo, contaminando el suelo con metales pesados mientras extraemos materias primas a un ritmo que el planeta no puede sostener. 


Tu celular no es viejo porque ya no sirva. Es viejo porque el sistema necesita que sientas que no sirve, para que vuelvas a pasar la tarjeta, una y otra vez, en un bucle que enriquece a unos pocos y empobrece el futuro de todos.


 
 
 

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