Una historia de cómo la vida siempre te sorprende
- Filoletras UATx
- 1 jun
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América Lizbeth | Filoletras
1 de junio
En las vacaciones previas al último semestre de bachillerato, navegando en Facebook me encontré con la convocatoria del concurso del Festival Académico de los CBTis, nunca había escuchado de él, entonces, sólo por curiosidad, opté por participar en la disciplina de Comunicación. Casi sin darme cuenta, llegué hasta la competencia estatal. En ese momento, me sentía tan plena leyendo y escribiendo al punto que decidí lo siguiente: si lograba pasar a la siguiente etapa, dedicaría mi vida profesional a las letras. Lancé la moneda y lo conseguí. Llegué a la fase nacional en Mérida, Yucatán, y es la aventura que relataré a continuación.
Ese lunes 17 de mayo de 2022 fue la primera vez que hice un viaje tan largo y lejos de casa. Fuimos ocho estudiantes de cada estado y un par de docentes. Recuerdo el momento de la partida, nos reunimos en el CBTis 003 a las 5:00 de la madrugada, temblaba de frío y tenía mucho sueño, pero en el camino a la Ciudad de México no dormí nada por la emoción. Este trayecto por carretera tiene de fondo “De pies a cabeza” de Matisse. El Aeropuerto Internacional es enorme, la gente va y viene, el ruido de pequeñas rueditas girando es constante, huele a café y a fruta. Llegamos con el tiempo justo para documentar maletas, desayunar algo y tomar la selfie de evidencia. Abordamos. Asientos más cómodos de lo que parecen. Todos, o casi todos, éramos un manojo de nervios por el vuelo, por conocer el extremo del país y por la competencia. En el mismo avión iban chicos de Querétaro, los cuales nos miraban con sonrisas de complicidad. El despegue no fue terrible, los primeros minutos se sintieron como ir en autobús sobre una calle empinada y con baches. Después nada, sólo nubes. Nos ofrecieron un vaso pequeño de café y cacahuates horneados. El resto del camino estuve mirando por la ventana y escuchando conversaciones a medias de los demás pasajeros.


Al otro lado del cristal, las cosas se hacían más y más pequeñitas, hasta que sólo se podían observar montones de nubes. Tomé varias fotos. Era realmente fascinante el resultado, se apreciaba una capa densa de nubes como algodón, y la curvatura de la tierra envuelta en un azul marino intenso, casi negro. Al cabo de una hora y media aterrizamos bruscamente y nos asustamos, aunque el terror sólo duró unos minutos. Lo comparo como cuando te subes a un juego mecánico de feria que bruscamente se impulsa (abajo y arriba) una y otra vez.
Tener a 256 jóvenes preparatorianos en el hotel más grande de Mérida no debe tomarse a la ligera. Recuerdos a los maestros, advirtiéndonos de que si alguien se metía a la alberca sería descalificado de inmediato, o de que no podíamos salir del hotel sin la compañía de un adulto. Después del aburrido registro en el hotel, acudimos a un restaurante llamado “Teya Santa Lucía”. Mientras mirábamos la carta notamos que a nuestra izquierda había una mesa ocupada por extranjeros estadounidenses. Los comensales vecinos nos miraban de reojo, y juzgaban nuestro español con muecas de desagrado. El personal no nos dejó de lado, pero sí mostró mayor atención a los turistas.

Estudiantes y maestros de Tlaxcala en la entrada del hotel "Los Aluxes"
Algunos compañeros pedimos un plato de nombre curioso: Nohoch Tun Yucateco, este llevaba la combinación de cuatro platillos típicos de Yucatán, entre ellos el Poc-chuc (se traduce como “asar al carbón”. Es un platillo típico yucateco hecho a base de carne de puerco y jugo de naranja agria) mole negro y la cochinita pibil. El mesero nos advirtió que el plato era muy grande y nos recomendó compartirlo en parejas. Desde luego, accedimos. No exagero cuando digo que la comida yucateca es exquisita, en especial la cochinita pibil, la carne estaba suave, caliente, cortada finamente y con un sabor extraordinario, sin demasiada grasa ni sal. Además de que las tortillas eran auténticamente de comal, y nos supieron a gloria, como si una parte de Tlaxcala nos siguiera en el viaje. El resto de la semana extrañaríamos las tortillas que fueron escasas en el restaurante del hotel.
En suma, la experiencia culinaria es superior cuando el emplatado se realiza en tablillas artesanales, se sirve en cuencos de madera pequeños, y todos los manteles y decoraciones son de colores vibrantes, dejando ver patrones varios. Enfrente de nuestra mesa había una pared repleta de sombreros de palma, y algunas frases en maya.
La inauguración se realizó en el teatro “José Peón Contreras” y aseguro que nunca he visto uno igual. Verlo de lejos en la calle me hizo pensar en un pastel enorme cubierto de crema de vainilla. Es el edificio más grande de la cuadra, se sitúa en la intersección de las calles y llama la atención desde varios metros antes. Al entrar, el vestíbulo te recibe con la presencia de la elegancia. Las escaleras son imponentes, cada escalón es gigantesco comparado con tu pie. Se componen de mármol del mismo color crema y son como la promesa de que estás a punto de entrar, como dijo Foucault, a un sitio de fuga. La barandilla se caracteriza por grandes acabados de hierro forjado. En el centro te espera una enorme puerta de madera, y a los lados la gran escalera se divide en dos. Una vez dentro, si levantas la mirada te encontrarás con la cúpula del techo que tiene a las musas griegas al estilo neoclásico y un candelabro de cristal en forma de araña.

Un fragmento del techo del teatro

La entrada al Teatro
Los palcos hacen que vuele tu imaginación y te sientas en El fantasma de la Ópera (1910). El interior del teatro es una mezcla armoniosa de crema en la arquitectura y rojo vino en el telón, asientos y cortinas. Nos acercábamos con calma, atentos a los detalles, y frente a nuestros ojos en el escenario nos sorprendió el grupo musical tocando “El gran varón”. Todo fue mágico, no pudimos evitar embelesarnos frente a ese grupo de músicos enfundados en guayaberas blancas, acompañadas de mascadas rojas y utilizando sombreros de palma. Reíamos, cantábamos y bailábamos mientras avanzábamos por el pasillo y entre las filas, sin pensar mucho en el tiempo ni en la competencia que era el motivo de nuestra visita. Personas de toda la República unidas por el arte, las ciencias, la cultura, y la trágica historia de Simón, el gran varón.
Antes de que tuviera lugar la ceremonia de apertura, elegimos nuestros asientos y nos acomodamos. Desde el vestíbulo del teatro todos querían hablar con todos, intercambiar acentos y anécdotas. Principalmente, las conversaciones giraban en torno a preguntar cómo habíamos llegado hasta el nacional, si viajamos por aire o tierra, y en qué disciplina competíamos. Mis amigos y yo, quienes estábamos en el mismo plantel y nos conocíamos de meses atrás, nos dirigimos a un grupo de chicos de Durango. Platicamos poco y hoy en día sería incapaz de reproducir esa conversación, pero lo que sí tengo presente es que nos miraban para abajo, por ser de Tlaxcala. A una amiga y a mí, por ser chicas. Como si ser mujeres no nos permitiera estar en una competencia así.
Estos jóvenes seguramente estaban influenciados por un discurso en el que ellos al ser hombres, inteligentes, dentro del esquema de belleza hegemónico y quizás hasta con una posición económica elevada, serían inevitablemente superiores. No nos agredieron, pero sus palabras y miradas decían que nos subestimaban. En ese momento estaba muy fresco el chiste: “Tlaxcala no existe”, y ellos comentaron que les parecía increíble que sí existiera y que tuviera buenos elementos para defenderse en la competencia. Rápidamente cortamos conversación y seguimos socializando, recuerdo con aprecio a una chica de Querétaro, que contagiaba su alegría y buena actitud con apenas unas palabras, de igual modo, los alumnos de Yucatán se portaron muy amables y nos dijeron que serían nuestros anfitriones y guías durante nuestra estancia.
Los representantes de Tlaxcala nos sentamos cerca del escenario. Unas dos o tres filas antes se acomodaron los chicos de Veracruz, y atrás de ellos los jóvenes de Durango. Conversamos un poco con los estudiantes de Veracruz, fueron muy agradables y hay que decirlo, también risueños y simpáticos. Nos dijeron que Mérida se sentía como en casa, como estar en el puerto con el sabor a sal en la boca. Estuve de acuerdo, a excepción de que Veracruz es mucho más fresco, huele a café, y tiene las nieves “El güero”.
Después del acto inaugural, que tuvo muchos aplausos, más salsa y baile, volvimos al hotel y cenamos en un gran salón. Posteriormente, todos fuimos a las habitaciones a cambiarnos y luego salimos a la alberca para sentarnos en las tumbonas. Las noches en Mérida son acogedoras y frescas, por lo que es común trasnochar para platicar o salir a la calle. Mis amigos y yo salíamos del elevador cuando vimos que ya había muchas personas reunidas en los límites de la alberca. Alguien cantaba, otros ponían música, todo por un instante, perteneciendo.
Al día siguiente se realizó la competencia en un plantel que quedaba a una hora del hotel. Nos transportaron por autobuses y nos dividieron por disciplinas. Realizamos un examen en el centro de cómputo alrededor de tres horas. Después, fuimos devueltos al hotel para reencontrarnos con nuestros compañeros. Aquel día nos esperó una sorpresa, después de la cena se nos indicó que nos alistaramos para una fiesta. Al llegar al salón indicado dejó de ser el gran comedor, y ahí existía un salón de disco, oscuro , luces neón y la icónica bola de espejos. El ambiente era muy animado, con el DJ, botargas, bocadillos y bebidas sin alcohol pero muy coquetas como si lo fueran. Nunca después de eso viví una fiesta escolar con tanto ímpetu, sin pantallas, sin pena.
El tercer día, fuimos al Gran Museo del Mundo Maya, en el que nos empapamos de la cultura. La infraestructura es admirable, así como las invaluables piezas de arte. También vimos la casa de Pedro Infante y caminamos mucho por la tarde noche. Incluso compramos cuarzos para las malas vibras, mismo que aún conservo, sólo por si acaso.

El viernes, el último día de viaje, y ya no había actividades, más que el regreso a casa. Muchos participantes se fueron del hotel a horas tempranas, nosotros en cambio no teníamos prisa, así que por la mañana fuimos al buffet del hotel, comimos de todo y despedimos a los colegas con los que habíamos convivido esa semana. En seguida, subimos a nuestras habitaciones para descansar. En la recámara de las chicas, hicimos una especie de picnic en los burós, comimos golosinas y coreamos aquella canción tan famosa de Siddhartha: “Quiero ser calor para despertarte/ quiero reinventarme y ser parte de tu ser”. En eso, tocaron la puerta, me levanté de la cama, no me puse mi calzado porque creí que era la persona de servicio verificando si necesitábamos algo. Cuando abrí la puerta me sorprendió ver al otro lado a las maestras a cargo.
El motivo de su visita era decirnos que podíamos ir a un cenote, ya que nuestro vuelo salía a las 7:00 p.m. Bastaba con llegar a las 5:00 p.m. al aeropuerto. Todas estábamos de acuerdo, pero había un inconveniente, las maestras eran la autoridad inmediata, sin embargo, ellas tenían que ceñirse a la palabra de una encargada estatal. Le solicitaron a esta última el permiso de ir al cenote, con el compromiso de que tendríamos presentes todas las medidas preventivas y que sólo entraríamos a la parte más baja sin exponernos a ahogarnos. La susodicha dijo que no, pues no era parte del itinerario, además de que iríamos prácticamente solos y porque con ocho adolescentes, dos maestras no eran suficiente control.
Nos perdimos de la visita al cenote, en consolación nos pasamos toda la mañana y parte de la tarde turisteando en el centro de la ciudad y en los tianguis. Compramos muchos recuerditos y guayaberas, comimos rico, y probamos las tradicionales marquesitas de queso de bola, que en Tlaxcala no saben igual. No sé si sea por la receta, por el queso, o porque en Mérida saben a aire calientito, a reliquias prehispánicas, a sombrero de palma, a humedad confortante, y a magia de lo desconocido.

Monumento a la Patria
Terminó la aventura. Volvimos al hotel por nuestras maletas. En la habitación nos dejaron dulces típicos y una nota con los buenos deseos de Los Aluxes. Después, nos llevaron al aeropuerto. Estábamos deshechos, cansadísimos, agotados luego de varios días locos, porque hubo competencia, museos, fiesta, baile y mucho caminar. En el aeropuerto el frío y la espera se hicieron tediosos. Sentía la vista cansada, con ganas de llorar. El vuelo fue tranquilo, y sin sustos. El tráfico de la Ciudad de México, como siempre asfixiante. Pasando San Martín Texmelucan, cenamos en una tienda de conveniencia que prepara tortas gigantes. Llegamos a Tlaxcala a las 12:00 a.m. del sábado. Mi maleta pesaba, entre los muchos recuerdos que compré se incluían caballitos tequileros, mismos que usamos en casa cuando estamos muy felices y eso amerita un brindis.

Aeropuerto Internacional de Mérida

Esta experiencia me recuerda a lo que sucede en la película Efecto mariposa (2004) cuando Evan, el protagonista, se ve en aprietos cada vez que cambia un pequeño acontecimiento de su vida. Entonces, se genera consciencia acerca de nuestras decisiones y las palabras que empleamos todos los días, porque cada una de ellas generará una respuesta distinta en los otros, y así sucesivamente como si se tratará de un juego con efecto dominó. Eso me sucedió con aquella convocatoria en Facebook, pues de no haber navegado en esa aplicación, no habría llegado al Festival Académico ni habría descubierto tan pronto que mi verdadera pasión siempre estuvo ahí, en las letras.


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