Un paso cerca de la calle, y uno más lejos de la casa
- Filoletras UATx
- 17 may
- 10 min de lectura
Crónicas del pícaro vagabundo.
Uriel BARBA|filoletras
17 de mayo del 2026
Mañana puedes faltar.
Duermo tarde, amanezco tarde. Empiezo mi día como si de una tortura interminable se tratase. 7:35. Solo unos cinco minutos más. Me despierta una voz con una tarea de encuentro tan recalcitrante como despertar: meter el triciclo. Pero no me quejo y lo acepto amablemente porque sé que se trata de aquel que amo completamente. Me da los buenos días, me pregunta como dormí y me da un regalo: unos besos de nuez. ¡Qué alegría! Los pruebo. Son dulces, son suaves, son crocantes. Pero esto no se compara con sus besos, su piel, su aroma. Nos terminamos el pequeño presente y se concluye el pseudo-desayuno. Regreso a mi cama, amodorrado, evitando lo inevitable. ¿Acaso debía hacer algo hoy? ¿O debía presentarme a alguna actividad importante? Ignoro todo eso. Después de mi descarte por mi nula entrega, obviamente dejo que pase lo que deba de pasar.
Pongo en mi celular los susurros de Tik Tok y se queda como merolico. Mi mente se nubla y se cierran mis ojos. Últimamente se me da el dormirme en mis laureles y faltar, como es costumbre, a mis sermones matutinos. Y tampoco me pongo a reflexionar sobre mi estado actual de inmovilidad. Cada vez se mella mi cordura cuando hago ese tipo de rumia mental. Cansa. Mi querer se dirige al sillón a protestar por haberlo dejado solo en la cocina, sentado en la mesa. Se recuesta y me extiende la mano, a lo que procedo a tomarla. No respondo su reclamo y solo procedo a contemplar la textura y el calor de su mano. Esas manos toscas, duras por el trabajo y las artesanías que moldean un material con el que convierte sus ideas en dulce bollería tradicional mexicana. Su tacto me vuelvo loco y me descoloca. Pero esconde lo que verdaderamente siento.
Sigo escuchando a los bufones que se proyectan en la pantalla. Entreabro los ojos y deslizo mi dedo en su superficie fría y cambio al siguiente video. Y al siguiente, y al siguiente. Y me invade un sentimiento en el vacío que provoca esa acción. Quiero matar el hambre, pero el refri está famélico. Quiero disfrutar de un baño de agua caliente, pero el boiler sufrió un paro cardiaco. Por más que lo intento encender, no responde. Realmente está muerto.
Y aquel querer que por la mañana ha llamado por mí tiene que ir por provisiones para hacer el pan. Se va y me deja solo, vagando en mi cabeza. Dentro, se forman calles de vacío con edificios de pensamientos. El paisaje se parece mucho a la moderna Manhattan. Tantos pensamientos, unos cada vez más altos que los otros. Una notificación me regresa a la realidad. Me avisa sobre esa actividad que debía cumplir. Es tarde para ir, de todas formas. Solo diré que no soy muy docto en el arte de la escritura de ciencia. (Es mucho mi síndrome del impostor, no puedo con él)
Divago en el cuarto, dando vueltas a la cama para acomodarlo y sacudir las sábanas ligeras y suaves. Después un rato, al trono a seguir, como hipnotizado, pegado al celular hasta que se hace tarde. Mi corazón llega y empieza sus actividades, como es habitual, y hago lo que puedo, para salir. Ya no a donde debía irme, pero, a realizar mis actividades pendientes. Me termino de vestir, cepillo mi cabello pensando en lo que será de mí después que se termine el ciclo de los sermones en el templo de la sabiduría y que no podré sostener mi vida si recorro este camino. Salgo, me despido de mis hombres – mi dueño y su padre – y emprendo un viaje hacia la biblioteca.

La farsa de la biblioteca
¿De verdad debía ir a la biblioteca? Esa es la cuestión. Alimentar esa farsa con hacer mis actividades y por cualquier cosa no terminar de completarlas. ¿De verdad que hago yo aquí? Eso no pasaba en mi anterior residencia, con mi mamá. Pero yo decía que ese lugar ya no era para mí. Eran nimiedades las mil y un cosas por las que peleábamos hasta que sentí el duro golpe de la realidad: me convertí en un “ciudadano de a pie”. Entre tanto, pensé que era muy bueno haciendo múltiples cosas. Todas las abandoné. Tal cual lo haría el Periquillo Sarniento, de don José Joaquín Fernández de Lizardi. Pero tal cual hubo problemas en su casa por su carácter; en mi caso, fueron disputas por cosas pequeñitas que ni al caso.
Entiendo que harían bien de aportar en mi casa, pero, yo mismo me las busqué… “Cada vez que yo me acuerdo de este y otros malos ratos que di a la pobre de mi madre, y de las lágrimas que derramó por mí, quisiera sacarme el corazón a pedazos de dolor; pero ya es tarde el arrepentimiento, y sólo sirven estas lecciones, hijos míos, para encargaros que miréis a vuestra madre siempre con amor y respeto verdadero.” diría el Perico en cuanto a su situación por su madre. Yo, no lo pienso así. Solo pienso que le llegué a tener miedo y es todo. Quizá que sean tales las migajas que llegué a tirarle por su aprobación, quizá por su perdón, pero que al mismo tiempo me desgastaron a mí. Bueno, ¿Cómo voy a interrumpir mi farsa de hacer algo en la biblioteca, si apenas llegué a pensar en todas las tareas que me hacen falta?
No hace falta ningún Pelayo para que me quite el tiempo. Soy yo el Perico y el Pelayo al mismo tiempo. Tampoco me hace falta que me cuelguen como en las monterías de Traven ni que me agarren a chicotazos por mis actuales incumplimientos: la carne, después de haber sido agarrada a fuetazos, se vuelve un caparazón de keratina que ya no se ablanda ni con el mejor skincare. Me tengo a mi mismo para hablar mis soliloquio todos los días, pero, ya me hice invulnerable incluso a eso. Escucho estremecer a mi celular. La brillante pantalla se enciende de repente y miro: es mi patrón. ¡Ay, no! Volveré a hacerme bolita, huirme, comprar un boleto a China, cambiarme el nombre y huir de aquí. Eso no es posible. Lo aprendí desde la primaria, en el cual una vez quise que me odiaran todos sin razón. No se el por qué. También en la prepa, pero ahí si tenía una causa: la envidia de ver a todos reunidos como amiguísimos y que se hablaran bien.
Bueno, ya divague un rato con eso. Solo no quería escuchar el regaño ni escuchar lo que quería de mí. Tanto tiempo esperando a estar totalmente libre, que, ahora no sé retomar todas mis actividades y me pesan. Bueno. Después conecto la tableta al Internet de mi celular, y me entran demasiadas notificaciones. No quiero verlas, pero, el mensaje de mi patrón está ahí: “Uriel buenas tardes. Oye, un favor, ¿me podrás apoyar en comprar un material en Puebla hoy en la tarde?” Acepto la encomienda y pregunto cuanto es, pero con el celular al 2% de batería, apago el Internet y regreso a donde fui feliz. Corro, de verdad, con la suerte del Perico en ser aceptado en cualquier lugar. Mi corazón de ratón simplemente quiere esconderse en el primer hoyo que encuentre. Tomo la combi en Plaza Vértice para regresar corriendo a atender el asunto.

A 38 Km. de la ciudad que me vio nacer
Ya me encuentro en Santa Ana de nuevo. Pensando en todo lo que no hice, sobre como es mi culpa y rumiando la justificación que vine manejando desde que repetí séptimo. Me siento como una vaca mental masticando una y otra vez ese pesado bolo que se quedó atrapado en uno de mis seis estómagos mentales. Llego mientras mastico ese pensamiento, justifico una razón absurda de mi ausencia, pero no se preocupan por eso. Solo me encargan lo que necesitan para seguir haciendo las carpetas de graduación de muchas escuelas primarias, secundarias o bachilleres que las soliciten.
Me dan el encargo y el dinero para el material, para el pasaje y saco mi libreta, un lapicero para escribir justamente esto. Solo diré que es pesado el camino, una hora de ida y una de vuelta. Y mientras empiezo a escribir todo esto que empecé a relatar, mi corazón iba al mil por hora, no solamente por esa actividad que realmente evité, sino porque si no me “ponía al tiro al camino”, perdería mi parada. La verdad, tampoco fue tan complicado. Llegué a Mazatecochco en donde tomé el Flecha Azul para la CAPU. Y esperar a que pasen dos o tres pueblos abandonados de Tlaxcala, para llegar hasta Puebla. Pero que diría abandonados, más bien, son lugares a los que las manos de Dios no llegan. (Más Tenancingo por todas las cosas turbias que se dicen de ese lugar)
De vez en cuando revisaba la expresión de todas esas personas en la combi y el totolero. Caras largas, llenas de tristeza, pesares y enojos… Recuerdo que me hice el mismo cuestionamiento en el pasado. A los 17 años, no comprendía porque todos estaban así, incluso llegué a odiar esa expresión. Estaba de locos ese primer trabajo. Ayudante general. Que elegante suena, ¿no? llamarle así a los chalanes de cualquier oficio. Ayudaba en todo, incluso en el mantenimiento de las computadoras que servían para la edición de las fotos y del video. El jefe era (sigue siendo, pero por el alejamiento que tuve, hablo en tiempo pasado) muy bueno, pero anteriormente me daba asco su familia, es cariño, esa compañía… Aunque el igual me contaba sobre los claroscuros por los que pasó con su familia, yo solo envidiaba la parte bonita, la parte idealizada. ¡Pero que envidia les tenía! Ellos no parecían dar una cara larga a los demás pasajeros de la combi. Cada quien sus problemas. Y ahora parece, aclaro, “parece” que los entiendo.
Paso el puente de San Felipe, que dirige hacia la CAPU, pido la parada afuera de la misma. Si no, ¿cuánto más voy a caminar? Más, más de lo que ya hice en la mañana. El camino, desde esa parada hacia los materiales sintéticos ROMEN no es complicado. Es como cruzar la calle, caminar dos cuadras, girar a la derecha y dentro de la plaza comercial, hasta el fondo. Pido el material, están incompletos los 16 metros, le pido que me los complete y regreso a la parada.

En lo que camino, y reflexiono todo lo ocurrido, realmente me he convertido en un VAGO. Realmente soy un VAGO, más para el lado del Pelayo que del Periquillo. Es muy lamentable mi situación y no queda más que enmendar lo que descompuse. “Bastaba que yo manifestara deseo de alguna cosa para que mi madre hiciera por ponérmela en las manos, aunque fuera injustamente.” diría el Periquillo para sus hijos. Para mí en especial. Pero no por ser rebelde, sino por querer o intentar, de alguna forma, comunicarme con mi mamá. Ya no estoy con ella, quisiera por un momento que me alcahueteara, pero decidí cambiar esa comodidad por el control de mí mismo y mi libre albedrío. Te entiendo, Perico, te entiendo. Tanta razón tenías. Querían nuestros padres que no fuéramos unos inútiles, pero, haciendo mal las cosas y echando a perder varias relaciones laborales por no querer hacer las cosas no ayuda. Menos vagando por el Centro Histórico de Tlaxcala.
Una hora más de regreso y la lluvia cae caprichosa en todo el recorrido. A veces recia, a veces calma y tranquila. El totolero de regreso me deja en la estación de Santa Ana, cansado, con un rollo de vinipiel, color Alaska Miel, cuidado que el rollo este seco y no se eche a perder. Llego al lugar de trabajo de mi patrón, este me ofrece una empanada y entrego el cambio del encargo. Me pide que le cobre cierta cantidad por la amabilidad de hacerle un favor. Pero, favor se paga con favor, ¿no? Me ha tenido igual en consideración, jamás me regaño fuerte por llegar tarde, por no ir por mis actividades y mucho menos por los deslices que he hecho a la hora de hacer sus trabajos. Es lo que puedo hacer, además por considerarlo como un padre para mí.
Le hago el comentario de seguirle haciendo el favor de ir por material a Puebla, y también su esposa me recomienda seguir yendo a ayudar de menos a pegar cartón, depilar o para algo que se ofrezca, puesto que la temporada de carpetas es fuerte y no tiene a más beneficiarios de Jóvenes que le ayude. A pesar de todo, ellos son amables hasta cierto punto, y porque no, agradecerles de esa manera. Después de ese pequeño refrigerio y pequeña plática, emprendo el viaje de regreso hacia mi H.Q.
A pesar de todo, sigo siendo yo (mis responsabilidades y mi mundo)
Esa pequeña aventura termino con un Uriel, agotado del viaje, no inspirado, no motivado, pero con una sensación de vacío y la necesidad de sentar cabeza en algo. Al igual que mis suculentas, necesito tierra, macetas, un pequeño lugar para echar raíces. Finalmente, decidí que si iba a estar con él, no siempre estaríamos pegados el uno del otro. Ni tampoco yo poder esperar algo de mi familia ni tampoco juzgarlos de nada. No iba a tomar el maldicho de mi abuela como ejemplo. “Nacemos y morimos solos. Nadie nace pegado a nada”. Pero eso está mal. Está mal que no pegue con nada.
Mis garabatos de ponencia, de artículos, de escritos, quizá puedan parecerme una mierda a mi pensar. Pero es un autoengaño, ¿sabes? El día de mi aventura pensé que podía llegar a escribir esta última parte de mi crónica, que por distracciones y hacer mis últimas cosas del día – hacerme de comer, ver la tarea que, según, iba a hacer y preocuparme y rumiar sobre todo lo sucedido en estos 5 años – no pude recordar y se me olvidó. Pero tengo a una lectora que realmente gusta de estos escritos… Dejé que tomara la iniciativa de darle una revisada rápida a mi día y, para mi sorpresa, fue de su agrado.
Me remito a contar que igualmente en la clase de una de mis profesoras, un compañero realmente pudo ver, astutamente, el juego que hice en ese escrito. He de pensar entonces que, entonces, todo lo sucedido ha sido completamente por la elección ingenua de una carrera sin revisar y rumiar la letra chiquita de los contratos. Es gracioso, porque igualmente nunca leo los “Avisos de privacidad” de las aplicaciones que instalamos y de las que tenemos que tener una cuenta de correo registrada.
Así que, solo se me salió comentarle a mi lectora mi postura. “Todo se pudo haber evitado si no me inscribía a esta carrera” Pero me abrió los ojos. Sobre todo. Mi vocación no está en ser maestro, o investigador, o lingüista. O nada parecido al perfil de egreso de la escuela. Sin embargo, es la base de la escritura. No solo académica, sino creativa. Sobre los usos creativos del lenguaje y todo. Todo eso se relaciona a mi proyecto. Me gradue o no, habrán valido la pena esos 5 años. Aunque siempre diré que la escritura académica nunca será mi fuerte. Tampoco las decisiones tomadas.
Como dirían elegantemente la palabra imbécil, quedaría como “hiciste lo mejor que pudiste con lo que tenías a la mano”. Pero, no todo está perdido. Solo queda buscar las macetas correctas y de buen precio, unas suculentas que pueda cultivar tranquilamente sin que me sequen tan rápido, dinero, fibra de coco y el tiempo suficiente para esperar que, con mis cuidados constantes, una pueda florear. Y no, no estoy hablando de plantas.




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