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Tender puentes con la palabra: entrevista a Lidia Alamilla Rico, mediadora de salas de lectura

  • Foto del escritor: Filoletras UATx
    Filoletras UATx
  • hace 6 días
  • 4 Min. de lectura

Carolina HERMIDA | Filoletras

23 de marzo de 2026

Foto: Carolina Hermida

En Tlaxcala, donde la lectura se siembra en voz baja y florece en comunidad, Lidia Alamilla Rico (67 años) ha hecho de los libros un territorio de encuentro. Mediadora de salas de lectura desde 2011 y librera desde 2004, su trayectoria no sólo está marcada por el oficio, sino por una convicción: leer es acompañar. Desde su llegada al estado en 2009, su labor ha estado orientada, sobre todo, hacia la formación de lectores infantiles, allí donde la imaginación aún se abre como una puerta sin cerraduras.

Para Lidia, la mediación lectora es, ante todo, un acto de tránsito:

“Somos un puente entre los libros y los lectores. Pero no sólo eso: acompañamos tanto a quienes ya leen como a quienes todavía no lo hacen. Nuestro enfoque principal son los niños”.

Ese acompañamiento, sin embargo, no surgió de manera súbita. La lectura, en su caso, tiene raíces íntimas. Recuerda a su padre como una figura central en su acercamiento a los libros:

“Desde pequeña la lectura me acompañaba. A mi papá le gustaba mucho leer; a veces comprábamos textos o yo le preguntaba qué estaba leyendo, y él me contaba. Compartíamos la lectura, y eso me daba mucho gusto porque era una forma de convivir, algo que a veces no tenemos tiempo de ofrecer a nuestros hijos”.

Su llegada a las salas de lectura fue casi azarosa, aunque hoy parece inevitable en la trama de su vida. Al establecerse en Apizaco, mientras recorría las calles cercanas a la presidencia municipal, encontró una convocatoria para cursar un diplomado en fomento a la lectura. Decidió inscribirse. Tiempo después fue aceptada.

“En ese entonces ya tenía una librería en Apizaco, así que una cosa llevó a la otra”, dice.

La construcción de una comunidad lectora, explica, no responde a fórmulas rígidas, sino a la creación de atmósferas:

“Vamos a escuelas, museos, espacios públicos. No se necesita más que un lugar cómodo. Ni siquiera hace falta música: con el murmullo de nuestras voces la sesión se vuelve amena”.

En ese espacio compartido, la elección de los textos se vuelve un gesto sensible, casi intuitivo.

“Cada quien escoge los libros según la ocasión. Por ejemplo, en el Día de la Mujer llevamos escritoras, poesía, cuento, narrativa. En el Día del Niño, cuentos que podamos leer o narrar con ellos. La idea es actuar, involucrarlos, despertar su interés”.

Pero ¿qué ocurre cuando un texto toca verdaderamente a un lector? Lidia ha sido testigo de esos instantes mínimos y decisivos. Recuerda una conversación con un funcionario que le confesó su amor persistente por El traje nuevo del emperador:

“Desde los libros infantiles se queda una huella. Hay lecturas que nos acompañan toda la vida”.

Esa huella también se manifiesta en las comunidades que visita. En su participación en jornadas por la paz, organizadas por la Secretaría de Cultura, ha observado cómo la lectura transforma la cotidianidad:

“Hay niños y adultos que toman el libro con un cariño enorme. Incluso personas que no saben leer disfrutan que les leamos. Eso conmueve profundamente”.

Frente a la aceleración del mundo contemporáneo y la irrupción de lo digital, la mediación lectora enfrenta nuevas preguntas. Sin embargo, Lidia no percibe una desaparición del libro físico, sino una persistencia afectiva:

“La gente sigue comprando libros. A quienes somos lectores nos gusta el papel: puedes llevarlo a cualquier parte, a la playa, al baño, a la mesa. La lectura se vuelve parte de tu día”.

Su formación como mediadora incluyó un diplomado en fomento a la lectura, compuesto por ocho módulos, en el que aprendió que la práctica exige algo más que conocimiento:

“Nos decían que debíamos tener paciencia, tolerancia, aprender a escuchar. No siempre vamos a coincidir con los gustos de los lectores; hay que guiarlos, acompañarlos”.

Más que transformar su relación con la lectura, la mediación ha expandido su mundo:

“No me ha cambiado, me ha enriquecido. Me permite relacionarme con más lectores, y eso se vuelve parte de la vida”.

Entre todas las historias que ha presenciado, hay una que guarda como una memoria luminosa. Es la de Zuri, una niña que frecuentaba su librería en Apizaco:

“Le gustaba mucho leer, pero no podía comprar libros. Empezó a apartar uno con lo que tenía: un peso, dos pesos… Cuando llegó a la mitad, le regalé el resto”.

Tiempo después, Lidia la invitó a participar en una actividad de lectura en una escuela. Zuri leyó en voz alta con tal soltura y expresividad que dejó a todos en silencio, incluso a su padre, que observaba desde un rincón:

“Al día siguiente me llamó llorando para agradecerme. Me dijo que nunca imaginó que su hija leyera así. Eso fue muy conmovedor”.

Al preguntarle con qué palabra o libro abriría la puerta de la lectura a quienes aún no se acercan, su respuesta es sencilla y poderosa:

“Les diría que los libros los van a hacer soñar, que los van a hacer viajar sin costo”.

En esa promesa, la del viaje, la del encuentro, se sostiene su labor. Porque, al final, la mediación lectora no sólo acerca libros: crea vínculos, abre mundos y deja, en quienes la atraviesan, una huella que perdura más allá de la página.

 
 
 

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