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El valor de la paciencia y el arraigo: Una charla con el Maestro Hugo Pérez Olivares

  • Foto del escritor: Filoletras UATx
    Filoletras UATx
  • hace 12 horas
  • 5 min de lectura

Facultad de filosofía y letras

Filoletras

28 de mayo 2026

Por: Noé Xochitiotzi Ramírez


El aula como constante: Tres décadas de docencia

Entrar a la Facultad de Filosofía y Letras es adentrarse en un espacio donde el tiempo parece dialogar constantemente entre el pasado y el presente. Al sentarnos con su actual director, el Maestro Hugo Pérez Olivares, es imposible no contagiarse de la serenidad de quien ha visto crecer esta institución desde sus entrañas. Con una sonrisa nostálgica, nos comparte que su historia aquí comenzó formalmente en 1996, cuando la facultad le hizo el honor de invitarlo a impartir la materia de México siglo XX en la licenciatura de Historia. 


Lo que inició como una asignatura se convirtió en un viaje de 30 años de servicio ininterrumpido. A lo largo de tres décadas, el Maestro Hugo ha asumido diversas responsabilidades institucionales y directivas, pero hay una línea que jamás ha cruzado: la de alejarse de sus alumnos. "Nunca he dejado de ser docente", nos dice con orgullo, dejando claro que las aulas son su verdadero anclaje. 


De las aulas a la dirección: Un camino forjado en las aulas propias

Para comprender la visión del director, es necesario entender de dónde viene su formación. El Maestro Hugo es un hijo de la educación pública y del esfuerzo continuo. Antes de consolidar su camino en esta universidad, cursó su educación superior en la Normal Benavente de Puebla. Posteriormente, llegó a la misma Facultad de Filosofía y Letras que hoy dirige para estudiar la licenciatura en Historia, complementando más tarde su perfil con una maestría en Educación Superior en el posgrado de Ciencias de la Educación. 


Al preguntarle sobre los retos que ha enfrentado en este doble rol de maestro y directivo, el maestro reflexiona sobre las complejidades de equilibrar la vida laboral. En sus inicios, el gran desafío fue compaginar la docencia universitaria con otras responsabilidades en una institución externa. "Implicaba estar pensando en dos escenarios distintos", confiesa, evocando el desgaste de aquellos días, pero concluyendo con la satisfacción de quien sabe que logró solventar con éxito esa dualidad. 


Raíces, esfuerzo obrero y un paréntesis de diez años

Escuchar al Maestro Hugo hablar de sus orígenes es asomarse a una historia de resiliencia profunda, muy representativa del México que estudia y enseña. Originario del municipio de Nanacamilpa, Tlaxcala, evoca con orgullo sus primeros años como un niño campesino, criado en el seno de una familia dedicada por completo a las labores de la tierra. La vida, sin embargo, los llevó a Calpulalpan cuando su padre se integró como obrero al complejo industrial de Ciudad Sahagún. 


Fue en esa transición donde la juventud del maestro se topó de frente con la necesidad y el trabajo formal temprano. Estudió la secundaria nocturna para trabajadores y la preparatoria en las mismas condiciones. No obstante, el factor económico —ese gran filtro social— frenó sus aspiraciones momentáneamente: al no contar con los recursos para el nivel superior, tuvo que dejar los estudios durante diez años. 


Durante una década, el hoy director formó parte de la cultura obrera, ganando el sueldo mínimo en diversas fábricas y viviendo en carne propia la severa crisis de 1982 que lo dejó desempleado junto a miles de trabajadores. 


La marea cambió en 1985 cuando ingresó a la Secretaría de Salud con una base federal, empleo en el que permaneció durante 33 años y que, eventualmente, se convertiría en el sustento que le permitiría volver a las aulas. En 1987, con la firme convicción de retomar sus estudios, se mudó a Tlaxcala y se acercó de nuevo a la facultad. Tras concluir la licenciatura, destacar en concursos nacionales y estar a las puertas de la titulación, la misma institución que lo vio regresar lo invitó a quedarse, ahora desde el otro lado del escritorio. 


La sencillez de lo cotidiano y la evolución del espacio

Al despojarlo por un momento de la investidura de director y docente, descubrimos a un hombre de gustos universales, sencillos y profundamente arraigados a su entorno. El deporte ha sido su fiel compañero desde la primaria; formó parte de equipos de voleibol en la Secretaría de Salud —llegando a torneos pre-nacionales— y siempre participó activamente en los encuentros deportivos universitarios. Se define como un espectador apasionado del arte, la música y la gastronomía, pero, a diferencia de la tendencia contemporánea por viajar, el maestro confiesa con una honestidad entrañable que no siente el impulso de conocer otros lugares. "Yo me siento bien aquí", afirma de manera tajante, demostrando que el verdadero viaje puede ser interior y comunitario. 


Esa misma comunidad ha visto cambiar físicamente a la facultad. Recordando los años del "edificio viejito" y aquel patio grande que albergó a tantas generaciones, el Maestro Hugo analiza con mirada institucional y nostálgica la modernización de la infraestructura. Reconoce que, aunque aquellas épocas pasadas eran hermosas y holgadas en espacio, la facultad tuvo que adaptarse a las demandas sociales y económicas. Durante su gestión pasada como director, impulsó la creación de nuevos espacios para responder al aumento de la demanda juvenil y los programas federales, entendiendo que el crecimiento arquitectónico es, al final del día, un beneficio para las nuevas generaciones. 


Un mensaje para el futuro: La paciencia como virtud

Hacia el final de nuestra charla, es imposible no notar la paz con la que el maestro evalúa su gestión actual. Para él, otorgar reconocimientos a docentes y apoyar a los estudiantes no es una carga, sino un honor necesario. Al recordarle el apoyo y la profunda empatía que brindó a nuestro grupo durante el festival La muerte tiene permiso en el 2024, el maestro se muestra conmovido y reafirma que su conciencia está tranquila porque sabe que no ha fallado a las expectativas de su comunidad. 


Aprovechando su experiencia como un alumno que también egresó con el peso de la incertidumbre a cuestas, le pedimos un consejo para quienes este año abandonan el nido universitario para enfrentarse a la realidad social y laboral. Su respuesta es un bálsamo de realismo y fe: 


  • La escuela se extraña, pero las puertas se quedan abiertas: La facultad no es un ciclo que se cierra de golpe, sino una extensión de la familia a la que siempre se puede volver. 

  • El valor de la paciencia: Las oportunidades rara vez son inmediatas. Habrá quienes tengan un camino plano gracias al apoyo familiar y quienes tengan que emigrar, tal como él mismo lo hizo en su momento. 

  • La apertura a lo inesperado: El campo laboral es dinámico y a veces la oportunidad de la vida no estará directamente relacionada con la carrera estudiada, pero la formación universitaria siempre servirá como un aprendizaje para la vida. 


Todo el grupo de literatura del octavo semestre coincide en un agradecimiento sincero al despedirse del Maestro Hugo Pérez Olivares. Nos vamos no solo con la certeza de tener a un gran director al frente de nuestra facultad, sino con la valiosa lección de que los caminos largos, interrumpidos y construidos a base de esfuerzo, son los que dejan las huellas más profundas.



 
 
 

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