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Pavor al Trámite Administrativo de la Universidad

  • Foto del escritor: Filoletras UATx
    Filoletras UATx
  • 12 may
  • 5 min de lectura

Estefania HERNÁNDEZ | Filoletras

12 de mayo del 2026

Hacer la transición de la preparatoria a la universidad es como pasar de nadar en una alberca con salvavidas a que te suelten en medio del océano con la esperanza de que no te falte el agua. El primer gran miedo de la vida adulta no es la declaración de impuestos, ni el costo de la renta; es un sistema de internet con un letrero que dice: "sitio inexistente", todo porque no pusiste bien el http. Mirando atrás, aquel otoño del 2022 se sentía como una prueba de supervivencia. Para nosotros, los que apenas dejábamos el uniforme de la prepa, el acrónimo UATx no solo significaba universidad; significaba el primer enfrentamiento real contra un Monstruo de Papel digital.

Ahora los pasillos de la UATx me resultan familiares y el sonido de mis pasos resonaron por cuatro años con seguridad en la facultad que elegí, me cuesta creer que mi futuro dependió alguna vez de una simple letra. Mirar esa vieja convocatoria del 2022 es abrir una cápsula del tiempo; recordar un periodo donde la vida de un estudiante de preparatoria se medía en bloques de fechas y el miedo que tenía una página web saturada que se negaba a cargar. Todo comenzó con la jerarquía del alfabeto. A diferencia de otros trámites donde el primero en llegar es el primero en ser atendido, aquí el SIIA (Sistema Institucional de Información Administrativa) era un juez implacable que solo te abría las puertas según la inicial de tu apellido. 

Si tu apellido empezaba con "A", el 5 de abril era tu día del juicio a una entrevista que no sabías ni que te preguntarían; si eras de la "V" a la "Z", te tocaba esperar hasta el 21, viendo con una mezcla de envidia y ansiedad cómo tus amigos ya tenían su folio mientras tú seguías en el limbo absoluto. Recuerdo perfectamente la advertencia que coronaba el cartel en letras negras: "No se permite el uso de dispositivos móviles". Esa frase me perseguía. Sentía que si intentába registrarme desde el celular por desesperación, la policía universitaria aparecería en mi puerta para anular mi futuro.

Así que ahí estába, confinada a una computadora de escritorio, rogando que el internet no parpadeara y que la luz no se fuera a mitad del proceso. Registrar los datos era como desactivar una bomba: un error de dedo en el CURP, un número de teléfono mal escrito, y sentías que el sistema me marcaría como inexistente para siempre. Al final, tras una batalla contra los formularios, obteníamos el folio y la contraseña, esos códigos sagrados que cuidaríamos más que nuestra propia vida durante los meses siguientes.

Una vez dentro del sistema, el siguiente desafío era el SOV (Sistema de Orientación Vocacional). No eran simples preguntas; se sentía como un examen psicológico donde tu identidad estaba en juego. "¿Te gusta trabajar al aire libre?", "¿Prefieres los números sobre las personas?". Responder era enfrentarse a un espejo digital.

Pero el verdadero terror no eran las preguntas en sí, sino la posibilidad de ser declarado incongruente. Si tus respuestas no encajaban con la carrera elegida, el sistema te arrojaba al purgatorio de las videoconferencias de Weblive a finales de abril. Aquello se sentía como una cita obligatoria con el destino. Recuerdo la tensión de conectarse, de estar pendiente del correo electrónico en el SIIA como quien espera una señal de humo. Entender que si no participabas activamente en esas sesiones en línea, tu proceso moría ahí mismo, fue nuestra primera gran lección de responsabilidad adulta: en la universidad, el descuido se paga con la exclusión.

Si sobrevivías a la entrevista de los primeros días de mayo donde los nervios te hacían olvidar hasta tu propio nombre frente al profesor, llegaba el jefe final y la obtención de la ficha para el examen. Una vez más, el alfabeto dictaba nuestra suerte. Los días 11, 12 y 13 de mayo de 2022 quedaron grabados en mi memoria como días de un silencio sepulcral en casa. Digitalizar todo lo requerido con las características específicas era una tarea de precisión. ¿Está demasiado oscura?, ¿Se ven bien?, ¿El fondo es bueno?. Revisábamos el archivo una y otra vez antes de subirlo. Un pixel de más o un formato incorrecto, y sentías que el sistema te escupía fuera del sueño de ser universitario. Obtener por fin el folio de examen era como recibir un escudo antes de entrar a la batalla.

El 27 de mayo de 2022 fue un día atípico. No hubo salones ruidosos, ni el olor a lápiz y goma, ni las filas bajo el sol de Tlaxcala. El examen fue vía remota, y el miedo se transformó en una paranoia tecnológica desconocida. Conexión estable y confiable, exigía la convocatoria. Recuerdo el silencio de mi habitación, interrumpido solo por el clic frenético del mouse. Cada segundo que la página tardaba en cargar una pregunta era un microinfarto. Miraba la cámara de la computadora con sospecha, sintiendo la presencia invisible de algún profesor y sintiendome vigilanda en cada uno de mis movimientos a través de la pantalla. Era una lucha contra el tiempo, contra el intelecto y contra la posibilidad de que se fuera la conexión. Al terminar y cerrar la sesión, el vacío que quedó fue inmenso; habíamos dejado todo en una plataforma digital.

Mientras todo paso la espera fue un larga incertidumbre. Junio pasó entre simulacros de calma y visitas obsesivas a la página de la UATx. Finalmente, en julio de 2022, las listas aparecieron. Buscar tu folio en esa pagina digital era como buscar una aguja en un pajar, pero cuando por fin lo encontrabas, el peso de tres meses de cronogramas, apellidos y validaciones desaparecía en un instante.

Al ver mi folio junto a la palabra "Aceptado", en esa pagina de "Ingreso a las Licenciaturas" dejó de ser un manual de instrucciones aterrador para convertirse en mi pase de entrada a una nueva vida. Hoy, cuando camino hacia mi facultad, paso por los edificios de la universidad y veo a los nuevos aspirantes con sus carpetas bajo el brazo, no puedo evitar sonreír con nostalgia. Sobrevivimos al complejo ritual del 2022, y esa fue, sin duda alguna, nuestra primera gran victoria como universitarios de la Autónoma de Tlaxcala. Aquel miedo no era otra cosa que el respeto por el futuro que estábamos a punto de construir y que ahora estoy apunto de culminar sintiendo que todo a valido la pena.

Pero el miedo sigue, ya no por un papeleo a la universidad, sino por el papeleo de en un futuro ir a buscar trabajo esperando otro nuevo camino a la vida adulta, después de el estrés académico ahora se viene el estrés laboral pero que valdrá la pena después de cuatro años de estudio. 

 
 
 

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