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Odisea universitaria: crónica de una estudiante viajera

  • Foto del escritor: Filoletras UATx
    Filoletras UATx
  • 14 may
  • 3 min de lectura

Ariadna Michelle| Filoletras

14 de mayo de 2026


La alarma suena. 

Son las cinco de la mañana, debo levantarme lo sé, hace diez minutos que desperté asustada pensando que me había quedado dormida, solo para descubrir que la alarma aun no sonaba. Ha sonado ahora y sé que debo levantarme, sé que cinco minutos más significan llegar veinte minutos o media hora tarde a clase. Los ojos me pesan, justo cuando ya debería estar alistándome para la escuela la cama se vuelve más acogedora y encuentro la posición perfecta para dormir. Engaño a mi cuerpo, le prometo un rato más acostado mientras intento abrir los ojos, sin embargo, ya estoy despierta, pensando qué me pondré, calculando el tiempo que tardaré en estar lista. 


A lo largo de estos cuatro años así han sido mis mañanas. Caminar hacia la parada de la combi, sin duda un ejercicio de voluntad. Esperar hasta que el transporte se dignara a pasar por mi casa para llevarme de mi pueblo al pueblo vecino en el que pasa la única combi que me lleva a mi destino, aunque claro recorriendo unos diez pueblos más para finalmente llegar a Tlaxcala. Esperar que no hubiera tráfico, que no hubiera accidentes, que los del rap no se subieran a hacer rimas, que el chofer no llevara su música a todo volumen como en discoteca sin escuchar el ¡bajaan! Esperando poder dormir un poco para tener fuerzas y la mente despejada. Siempre al bajar dejo el cansancio, la mala noche, los problemas que nunca faltan y me concentro en entrar a la Facultad, dirigirme a mi salón y empezar el día después de kilómetros de carretera ante el reto físico que eso representa, pero que también ha sido una declaración de intenciones. Estudiar lo que uno ama otorga una energía que no proviene del descanso, sino del propósito.


Muchas veces al cansancio de los trayectos se sumó también la incertidumbre de algunas noches. Hubo días en los que el horario de la universidad se extendía más allá de lo previsto; conferencias y eventos académicos que terminaban cuando la carretera se volvía un riesgo por el cansancio acumulado. En esos momentos, la hospitalidad se volvió fundamental. Recuerdo con gratitud las noches en las que tuve que pedir refugio en casa de mis amigas para poder cumplir con mis compromisos al día siguiente. Dormir en un sofá o en una cama prestada, lejos de mi propia almohada, fue otra forma de entender que este sueño no se construye en solitario. 



Fue difícil aceptar que a veces no podía volver a mi propia casa, pero esas estancias temporales terminaron por reafirmar que Tlaxcala me había adoptado por completo. Mi hogar ya no era solo una dirección en Puebla, sino cualquier lugar de este estado donde encontré una mano extendida y una razón para seguir adelante. Cada noche lejos de mi familia fue una inversión en la persona que soy ahora, y cada mañana que desperté en Tlaxcala para ir directo a clase, me recordó que estaba exactamente donde pertenecía.


Ha sido entre los pasillos de la Facultad que encontré a personas que se volvieron familia, compañeros que comparten la misma pasión y maestros que le dieron forma a mi curiosidad. Haber elegido otro estado para estudiar, desplazarme de mi lugar de origen fue lo que me obligó a salir de lo conocido, y en esa distancia es que encontré mi verdadero centro.


Tlaxcala, con sus calles tranquilas y su ritmo propio, dejó de ser un destino académico para convertirse en mi hogar. Curiosamente, ha sido fuera de mi ciudad de origen donde más he sentido que pertenezco. A lo largo de estos cuatro años, el agotamiento ha sido real, las noches en vela han sido largas y el trayecto diario ha sido una prueba de resistencia. Sin embargo, al mirar atrás, la fatiga se siente pequeña frente a la satisfacción de haber habitado el lugar donde realmente quería estar. Ha sido una experiencia dura, humana y profundamente agotadora, pero, sobre todo, ha sido la mejor decisión de mi vida.

 
 
 

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