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Mate, memoria y todo lo que se vuelve casa

  • Foto del escritor: Filoletras UATx
    Filoletras UATx
  • hace 6 días
  • 4 Min. de lectura

Cheirla CARMONA | Filoletras

23 de marzo de 2026

Foto: Cheirla Carmona

La voz que articula esta entrevista es la de Cristina Jefimowicz, hija de un polaco y una italiana que llegaron a Argentina como refugiados de la Segunda Guerra Mundial. Empujados no solo por el conflicto, sino por una crisis económica devastadora en Europa, este origen marca desde el inicio el tono de la conversación: no se trata solo de recordar una vida, sino de reconstruir cómo se forma una identidad en el cruce de culturas, lenguas y experiencias históricas, despliegan, así como un recorrido por la memoria donde lo cotidiano y lo histórico se entrelazan.

Desde las primeras intervenciones, el eje del mate aparece como una puerta de entrada a la vida cultural argentina. Cuando se afirma que “el mate es una tradición muy importante en Argentina”, la respuesta no busca definir, sino mostrar cómo se vivía: “te levantabas, tomabas leche, si estabas con amigos, tomabas mate”. La práctica se configura como un gesto social más que como un hábito individual. Incluso en espacios regulados como la escuela, encontraba su lugar: “en el aula no, pero en los recreos, en la cocina”.

Sin embargo, este gesto cotidiano no estaba presente en su núcleo familiar original. La identidad de Cristina se construye, en parte, desde esa distancia inicial. Sus padres, marcados por otras tradiciones europeas, consideraban el mate una “mala costumbre”. Es significativo que ella no lo rechace, sino que lo incorpore en otros espacios: “yo empecé a tomar mate… con mis compañeras”. Es ahí donde comienza a producirse un desplazamiento, lo que no pertenece al origen familiar se vuelve propio a través de la experiencia social.

Este mismo cruce se observa en la alimentación. Ante la pregunta sobre las comidas más recordadas, la respuesta no remite a una sola tradición, sino a una mezcla: “las comidas… mayormente italianas, polacas”. Ingredientes como el arenque o la remolacha conviven con prácticas locales, como la preparación del locro, que describe no solo como un plato, sino como una experiencia colectiva del barrio: “invitás a tus amigos… y así te vas a sentir”. La comida, como el mate, aparece como un espacio de negociación cultural.

El barrio ocupa un lugar central en esta construcción de memoria. Frente a la pregunta “¿había más convivencia entre vecinos?”, la respuesta es directa, “sí, totalmente”. Las escenas que reconstruye (vecinos reuniéndose para ver televisión en blanco y negro, compartiendo el espacio incluso desde afuera cuando no alcanzaba) muestran una forma de vida comunitaria que contrasta con el presente, donde “no me saludan, no salen de la casa”. La memoria aquí no idealiza, pero sí marca una transformación en las formas de convivencia.

Las reuniones familiares también evidencian ese cambio. Ante la observación; “¿las reuniones familiares eran muy distintas a las de ahora?”, se señala una diferencia en la calidad del encuentro, pues antes había más presencia, menos distracción. Aunque en su familia de origen no se compartía el mate, en su vida adulta esta práctica se vuelve central, “en mi propia familia, sí, tomábamos mate, bastante”. El mate deja de ser una costumbre ajena para convertirse en un símbolo de pertenencia.

Este punto se refuerza cuando se le pregunta si al tomar mate le vienen recuerdos de su juventud. La respuesta es inmediata: “sí, por supuesto”. Y además redefine el lenguaje mismo de la sociabilidad: “no decimos ‘vení a charlar’, decimos ‘vení a tomar mate’”. La práctica se vuelve así una forma de nombrar el vínculo.

En los recuerdos más íntimos, la memoria se desplaza hacia los rituales cotidianos, desayunar con su padre, reunirse con primos, habitar espacios compartidos donde la familia se expande. Son escenas que construyen una identidad afectiva, sostenida en la repetición de gestos simples.

No obstante, la entrevista introduce un quiebre cuando se plantea la pregunta “¿cómo vivió usted la dictadura?”. La respuesta modifica el tono: “horrible, fue tremendo”. La memoria ya no se organiza en torno a lo cotidiano, sino a la violencia histórica. Comienzan las desapariciones, persecuciones, compañeros que “no estaban más”. La vida diaria se redefine por el miedo y la necesidad de protección, especialmente en su rol como docente y madre.

Aquí, la memoria adquiere una dimensión ética. No se limita a recordar, sino que insiste en la gravedad de lo vivido y en la imposibilidad de justificarlo. La experiencia personal se inscribe en un contexto colectivo que exige ser nombrado.

En conjunto, la entrevista construye una identidad atravesada por múltiples capas, el origen migrante, la apropiación de prácticas locales, la vida comunitaria y la marca de la historia política. La memoria aparece como un espacio donde todo eso convive, lo heredado, lo aprendido y lo que no puede ni debe olvidarse.

Pero, más allá de esa coexistencia, el relato deja ver que la identidad no es algo fijo ni completamente resuelto, sino un proceso en constante construcción. Se va armando en los gestos cotidianos (como compartir un mate, cocinar ciertas comidas o reunirse con otros) y también en las experiencias que marcan profundamente, como el miedo, la pérdida o la transformación del entorno social. En ese sentido, recordar no es solo mirar hacia atrás, sino una forma de sostener vínculos, de darle continuidad a ciertas prácticas y de resignificar lo vivido desde el presente.

Así, la memoria no se limita a conservar el pasado, sino que actúa como un puente entre generaciones: permite que ciertas costumbres persistan, aunque cambien de forma, y que la historia personal dialogue con la colectiva. En la voz de Cristina, lo íntimo y lo social no se separan; sino que, se entrelazan para mostrar cómo una vida individual puede contener, en sus pequeños rituales y en sus momentos más duros, la huella de procesos culturales e históricos más amplios. De este modo, la identidad se revela no como un punto de llegada, sino como una práctica viva que se construye, se adapta y se recuerda constantemente.

 
 
 

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