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La segunda entrada: Crónica de una estudiante improbable

  • Foto del escritor: Filoletras UATx
    Filoletras UATx
  • 15 may
  • 6 min de lectura

Volver a aprender el mundo (a los 52)

Carolina HERMIDA| Filoletras


Regresar a la universidad no fue volver atrás, sino entrar por otra puerta. Una que no existía en los años ochenta, cuando crucé por primera vez un campus con 18 años y la prisa de quien cree que el futuro es una línea recta. Esta vez, en 2022, la entrada fue lateral, casi secreta: la cola de la pandemia, un examen de admisión y una certeza incómoda pero fértil: tenía 52 años.


Vivo en Tlaxcala desde 2019, aunque nací en la Ciudad de México. Quizá por eso este regreso tuvo algo de viaje, cambiar de geografía también altera el ritmo de las preguntas. La Facultad de Filosofía y Letras apareció como una estación nueva en un mapa ya recorrido. Me inscribí en la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana. Si la vida empieza a los cuarenta, pensé, yo volvía a la universidad a los doce.


El primer día tuvo la claridad de los inicios verdaderos, pasillos aún anónimos, pupitres ocupados por rostros que no sabía leer y una espera que siempre es también una apuesta. Algunos compañeros me confesaron después que creyeron que yo era la profesora. No los culpo, la edad ordena silencios y malentendidos. Éramos 21. Terminaríamos 14. Yo era la excepción visible, pero no la única en busca de algo.


La primera semana no dejó lugar a la duda: estaba en el sitio correcto. La academia se desplegó como un territorio vivo, encarnado en docentes que no solo enseñaban, sino que abrían puertas. La teoría y análisis de la narrativa irrumpió sin pedir permiso, Gérard Genette y sus categorías; historia, relato y narración, trazaron un mapa donde antes solo había intuición. La doctora Micaela lo dijo con la precisión de quien conoce el oficio: atiendan la teoría, la historia y la crítica literaria; ahí se sostiene todo. Y entonces Borges, Borges y yo, una página que bastó para comprender que la literatura es también una forma de desdoblarse.


En ese primer año apareció también la función poética. Jakobson nos enseñó que, en la literatura, el lenguaje se mira a sí mismo, el mensaje se centra en su forma, en su ritmo, en su respiración. Entenderlo fue como ajustar el lente, las palabras dejaron de ser solo vehículo y se volvieron materia. Y en ese mismo comienzo, la doctora Olga nos abrió otra puerta, Sor Juana. Respuesta a Sor Filotea apareció como una voz firme y luminosa, un ensayo tejido con inteligencia y belleza, donde cada argumento era una afirmación de la palabra propia. Había en ese texto una contundencia que no necesitaba alzar la voz, bastaba la claridad. Leerla fue entender que escribir también es tomar posición.


Ese mismo año conocí al inolvidable doctor Mateos, filósofo y literato, quien nos presentó a las que llamó, y desde entonces nombro así, las hermanas siamesas, la filosofía y la literatura. A través de María Zambrano y su Filosofía y poesía, comprendí que el pensamiento también puede temblar en el lenguaje poético, que la verdad no siempre se afirma, a veces se insinúa, tropieza, se revela en el borde de la palabra. En el taller de lectura, la literatura dejó de ser objeto y se volvió experiencia compartida. La doctora Julia nos hacía leer en voz alta, capítulo a capítulo, como si el tiempo del aula fuera el tiempo de la novela. Así conocí Lilus Kikus de Elena Poniatowska y a Leonora Carrington. No lo sabía entonces, pero ahí estaba ya el germen de mi tesis, la libertad creativa como forma de resistencia. Hay libros que no se leen, se quedan.


La lingüística llegó como otra corriente del mismo río: Saussure, Jakobson… la estructura, el sistema, la arquitectura invisible de la palabra. Con la querida maestra Olimpia, quien además fue mi tutora, aparecieron la morfología y la sintaxis: desarmar la lengua para comprender su funcionamiento, reconocer sus engranajes, volver consciente lo que siempre había sido natural. Si la literatura era intuición y vuelo, la lingüística era medida y ritmo, las matemáticas del lenguaje. Entre ambas, comencé a entender que escribir no es solo decir, sino construir.


Y en ese entramado, algo más se iluminó en mi propia historia. Conocí la Biblia a los 18 años, y en ella a la figura que la encarna, Jesucristo. Con el tiempo me convertí en maestra de la Biblia. Volver a la universidad me permitió leerla de otro modo, como literatura. Poesía, narrativa, epístolar, géneros que dialogan, una antología viva. Comprender sus formas es también abrir su sentido. La fe y la lectura encontraron un punto de encuentro en el análisis literario.


Los semestres avanzaron como estaciones de un viaje que no busca destino. En literatura universal, guiados por la maestra Blanca Lugo, los textos llegaban con su tiempo a cuestas, Mary Shelley con Frankenstein, Victor Hugo con Los miserables. Obras que no solo leíamos, nos atravesaban. Recuerdo mirar a mis compañeros y notar algo distinto, un brillo nuevo en los ojos, una especie de reconocimiento, como si algo hiciera clic, un match silencioso, y comenzara ahí una transformación. La maestra Blanca, como Virgilio, señalaba el camino; el recorrido, sin embargo, nos correspondía a nosotros. En las literaturas españolas, la maestra Jacqueline, con su tono de voz exquisito, nos llevó de La Celestina a Lorca, de la Generación del 27 a voces contemporáneas como Rosa Montero, trazando una línea viva entre tradición y presente.


Entre esas voces, Elena Garro irrumpió con una fuerza particular. Los recuerdos del porvenir me obligó a detenerme: ahí estaba Bajtín, latiendo en la polifonía de un pueblo que habla. Ixtepec no es solo escenario, es un narrador colectivo en primera persona, una voz que contiene muchas voces. Un lugar atrapado en el tiempo, donde pasado y futuro se confunden en la memoria. Y luego Un hogar sólido, una obra de teatro de alta carga poética, donde el lenguaje no describe la muerte, la sugiere. Metafórico, onírico, el texto convierte la cripta en un espacio suspendido, casi soñado. La palabra poética, una vez más, acercándose a lo indecible. Nellie Campobello, en cambio, me llevó a la Revolución mexicana con ojos de niña: una mirada que no explica, sino que observa, y en esa observación deja asomar lo poético. Ahí reconocí un eco de Lilus Kikus, ese guiño de la mirada que, sin imponerse, revela y libera.


Un punto de quiebre fue la crítica literaria moderna y contemporánea con el doctor Nicola Piedade. Barthes, Bajtín, Foucault…y también Deleuze y Guattari, que abrieron la posibilidad de pensar la literatura como rizoma: sin centro fijo, en expansión constante, conectando todo con todo. Dejaron de ser nombres para convertirse en interlocutores. Leer era dialogar; escribir, tomar postura. “Si ustedes no escriben, otros lo harán por ustedes”, nos advirtió. La frase no era una consigna, era una responsabilidad.


Pero el aprendizaje no ocurrió solo en los libros. Corría en paralelo, como dos rieles que no se tocan pero avanzan juntos: la academia y mis compañeros. Jóvenes de poco más de veinte años, con la energía intacta y las dudas abiertas. Yo aprendía de sus preguntas, de su forma de habitar el tiempo, de su urgencia. Ellos, quizá, de mi insistencia. Entre nosotros se tendió una comunidad improbable, proyectos en duplas, tríos, equipos; discusiones que empezaban en clase y seguían en los pasillos.


En otra arista, la de la enseñanza, irrumpió Paulo Freire con su Pedagogía del oprimido. La educación dejó de ser depósito para convertirse en acto: pensar críticamente, nombrar el mundo, transformarlo. La maestra Andrea, apasionada, sostenía esa convicción en cada clase: aprender no era acumular, sino despertar.


También construimos juntos: el festival La muerte tiene permiso, un ejercicio de gestión cultural y trabajo colaborativo que convirtió la teoría en práctica; la gaceta Insomnia, hecha por estudiantes para estudiantes, que creció hasta profesionalizarse con el acompañamiento de la maestra Michel… No era solo aprender: era hacer.


Para 2025, el recorrido se volvió más intenso, más experimental. Las vanguardias y la literatura de las dictaduras dejaron una marca difícil de borrar. El otoño del patriarca me mostró a un García Márquez distinto, denso, hipnótico, donde el poder se descompone en el lenguaje. Y entonces, Cortázar. Rayuela (vaya título, a propósito del juego) no era solo una novela, era una invitación a jugar. Comprendí que, para él, el juego y la imaginación no son evasiones, sino una forma seria de habitar la realidad. Como en la infancia, crear es urgente: romper la lógica para alcanzar otras verdades. En ese gesto, reconocí de nuevo el guiño de Lilus, esa mirada poética que no huye, sino que inventa libertad. Con la maestra Fernanda, joven y lateral en su forma de enseñar, aprendí que también se puede entrar a la literatura por los bordes, arriesgar la lectura, desobedecer el camino recto.

Mi regreso a la universidad no nació de la nostalgia ni del vacío. Fue una decisión atravesada por el deseo de entender, de nombrar, de habitar las palabras con otra conciencia. A los 52, estudiar no es una meta, es un modo de estar en el mundo. No busco cerrar un ciclo, sino abrir otros. Hoy sé que volver no fue retroceder. Fue avanzar desde otro lugar. Como en los mitos, hay viajes que no se miden en distancia, sino en transformación. Y en ese trayecto, entre aulas, libros y voces, aprendí que nunca es tarde para empezar a leer(se) de nuevo.



 
 
 

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