La distancia después de la distancia: crónica
- Filoletras UATx
- 16 may
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Cheirla CARMONA|filoletras
16 de mayo del 2026
Llegué a Argentina con una maleta llena de ropa de verano y otra, invisible, pero más pesada, llena de tiempo acumulado. Tiempo de llamadas interminables, de mensajes a deshoras, de pantallas que intentaban sustituir la piel. Alan y yo habíamos aprendido a querernos en la distancia, cultivamos algo en tierra ajena, con paciencia, con fe, con una cierta incertidumbre que nunca desaparece del todo.

El viaje no empezó en el aeropuerto. Empezó mucho antes, en los meses en que él ahorraba peso por peso y yo contaba los días entre tareas, lecturas y pendientes universitarios; porque así fue, cada tarea entregada, cada evaluación parcial realizada, me acercaban más al momento en que pudiera mirar, finalmente, a los ojos a Alan.

Había algo casi heroico (y también agotador) en ese esfuerzo compartido, él construyendo la posibilidad desde su realidad, yo intentando adelantar mi vida académica, apretando el calendario, negociando con el cansancio para poder irme antes de que el curso terminara. No era solo un viaje; era una especie de apuesta.

Diciembre me recibió al revés. Mientras en mi mundo el frío suele imponerse, allá el calor se expandía sin pedir permiso. El cuerpo tarda en entender esas inversiones, días largos, noches tibias, una luz distinta. También el tiempo parecía moverse diferente, como si no siguiera del todo las reglas que yo conocía. Y luego estaba el idioma. O, más bien, la extrañeza dentro del idioma. Todos hablaban español, sí, pero no era el mío. Había un ritmo, un tono, una música que me resultaba ajena. Me sorprendí a mí misma sintiéndome extranjera en mi propia lengua, como si entre cada palabra existiera un pequeño abismo. Era una desconexión sutil pero constante, entendía, pero no terminaba de habitar del todo lo que escuchaba. Había un puente ahí, visible, cercano, pero que no lograba cruzar completamente.

Cada palabra intercambiable me alejaba de todo lo que conocí, no podía atravesar esa región transparente donde habitaban los chistes locales, no podía acceder a esa extrañeza cultural, a la que nunca estaba expuesta, que solo conocía gracias a la literatura, un “cebar mate” de Cortázar, un “vos” leído en las obras de Borges, eran ahora todo para mí. Como hija del lenguaje, mi acto de rebeldía fue callar. Respondía con un asentimiento de cabeza, o me reía en el acto, me encontraba profundamente avergonzada de tener que preguntar el sentido de las expresiones. Eventualmente entendí que no podía pasarme todo el tiempo explicando mi forma de comunicarme, ni que solo era “la mexicana” y que lo único que debía responder era “wey”. Fue entonces cuando entendí que la interculturalidad no siempre ocurre en grandes gestos, sino en esas pequeñas fracturas del lenguaje donde una aprende, poco a poco, a habitar la incomodidad del otro sin dejar de ser una misma.

Conocer a Alan fuera de la pantalla fue, quizás, el momento más real y más irreal a la vez. Su presencia tenía peso, temperatura, silencios. Ya no había conexión que fallara, ni imagen congelada, ni despedidas forzadas por la batería. Pero también implicaba algo más profundo, era aceptar que el otro no solo existe en la versión que construimos a distancia, sino en un mundo completo que respira sin nosotros.
Conocí su casa, sus espacios, su familia. Entré en su cotidianidad, entrando a un territorio que ya ha imaginado muchas veces, pero que nunca deja de sorprender. Cada gesto, cada rutina, cada detalle era una confirmación y, al mismo tiempo, una revelación. Era él, sí, pero también era todo lo que lo rodea, todo lo que lo sostiene, todo lo que yo no conocía. Creo, ahora, que la distancia tiende a romantizar la convivencia; lo único que yo conocía de Alan era su interacción conmigo, entonces me di cuenta que no solo somos dos personas amorosas siendo novios, éramos también un montón de bizarrearías, de hábitos buenos, de malos hábitos, la intimidad no nace únicamente del afecto, sino de la convivencia con aquello que desordena la imagen que construimos del otro. La distancia me había permitido amar una versión cuidadosamente iluminada; la cercanía, en cambio, me obligó a mirar las zonas ordinarias, los hábitos absurdos, las contradicciones mínimas que sostienen una vida. Y quizá ahí reside lo más difícil, pero también lo más verdadero de querer a alguien, en aceptar que nunca amamos a una idea, sino a una humanidad entera.

Y en ese proceso, inevitablemente, me fui despegando de mi propio mundo. No de forma abrupta, sino como un hilo que se afloja poco a poco. Mi vida en México, mis clases, mis espacios, mis horarios, comenzó a sentirse lejana, casi como si perteneciera a otra versión de mí misma. Había momentos en los que no sabía bien desde dónde estaba viviendo, si desde la que se fue o desde la que estaba llegando.
Enero y febrero pasaron rápido, pero dejando huella. Aprendí a habitar ese “entre” (entre idiomas, entre tiempos, entre versiones de mí misma) y a aceptar que el amor a distancia no se resuelve cuando la distancia desaparece; solo se transforma.
Cuando regresé, no traje souvenirs típicos. Traje otra cosa, una sensación persistente de haber cruzado algo que no se ve en los mapas. Un desplazamiento interno. La certeza de que el esfuerzo valió la pena, pero también la conciencia de todo lo que implica querer a alguien en otro lugar del mundo.
Porque al final, ese viaje no fue solo hacia Argentina. Fue hacia una forma distinta de entender el amor, el tiempo y la pertenencia. Y algunas de esas distancias, incluso después de volver, nunca terminan de cerrarse del todo.
Cuando regresé, entendí que hay viajes que no terminan cuando el avión aterriza. Algunos continúan silenciosamente dentro de uno, alterando la manera de mirar, de nombrar y de habitar el mundo. Yo no volví siendo la misma persona que se fue; algo en mí había aprendido a existir entre dos lugares, entre dos formas de hablar, de amar y de entender la cercanía. Porque al final, amar a alguien tan lejos no solo implica atravesar kilómetros, sino aceptar que ciertas experiencias nos dejan suspendidos en una especie de frontera emocional de la que nunca se regresa por completo.



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