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La Bajada de la Virgen de Ocotlán: Un rito de fe que atraviesa Tlaxcala cada año, entre tradición y modernidad

  • Foto del escritor: Filoletras UATx
    Filoletras UATx
  • 18 may
  • 5 min de lectura

Uriel BARBA y Estefania HERNÁNDEZ | filoletras 

18 de mayo del 2026

La noche envolvía la ciudad de Tlaxcala cuando el reloj marcó la medianoche. Durante horas, los fieles habían esperado en silencio, sosteniendo velas que temblaban con la brisa de la madrugada. Era el momento que todo el año esperaban: la Virgen de Ocotlán comenzaría su descenso desde la basílica que lleva su nombre, para recorrer las calles de la ciudad de Tlaxcala, llevando consigo las oraciones de millones de corazones.

Tlaxcala, la entidad más pequeña de la República Mexicana, guarda dentro de sus cerros y valles una historia que comenzó hace siglos. La Virgen de Ocotlán emergió como patrona de la diocese en un momento que ya nadie podría precisar con exactitud. Los tlaxcaltecas aprendieron a mirarla no solo como figura religiosa, sino como madre, protectora que bajó del cielo para quedarse entre ellos.

Cada año, cuando llega el tercer domingo de mayo, la ciudad se transforma. Los negocios cierran temprano, las familias se visten de blanco, los niños llevan flores en las manos. Habían pasado ocho años desde que Diana Rico Hernández y el Movimiento de Renovación Matrimonial comenzaron a participar en esta tradición. Ocho años viendo cómo la Virgen bajaba, recorriendo los mismos puntos que los fieles trazaron hace 300 años.

Un recorrido que trasciende el mapa ya que el recorrido estaba marcado en la circulación entre los peregrinos como un tesoro. Comenzaba en la bаsílica de Nuestra Señora de Ocotlán y atravesaba lugares que contaban la historia de Tlaxcala: la Catedral, la Parroquia de San José, el Mercado Municipal donde las voces de los vendedores se mezclaban con los cantos religiosos, el Monumento a los Niños Mártires donde los fieles se detenían a rezar en silencio.

El programa llegaba desde la diócesis de Tlaxcala. Era un documento que había sido heredado de año en año, adaptado y renovado, pero siempre conservando la esencia de aquellos primeros recorridos que nadie recordaba ya quién había trazado. Los puntos estratégicos, las esquinas donde la Virgen giraría, los altares donde se detendría y estaban marcados como secretos sagrados que pasaban de generación en generación.

Las manos que organizan la fe viene con Diana Rico Hernández, coordinadora del Movimiento de Renovación Matrimonial a nivel nacional, explicaba con familiaridad cada detalle de cómo se hacía esta celebración. Los matrimonios del movimiento trabajabando y coordinando esfuerzos con otros grupos parroquiales: “Era un engranaje de voluntades que había funcionado durante años”, perfeccionándose con cada edición: “Todos trabajamos en conjunto para la realización de esta fiesta”, había dicho Diana: “Como tlaxcaltecas, como mexicanos, estamos orgullosos de pertenecer aquí. Qué bonito celebrar a nuestra Madre Santísima”.

La fe que encuentra nuevos caminos pues los jóvenes flotaba en el aire de cada conversación. ¿Cómo hacer que una tradición de siglos se mantuviera viva en corazones que habían crecido con pantallas en las manos? “Las redes sociales”, había dicho Diana: “habían revolucionado todo”. Pero más allá de los algoritmos y los hashtags, lo que importaba era mantener la devoción e inculcarla como se había hecho siempre: “de padres a hijos, de corazones a corazones de los jóvenes tlaxcaltecas”, había observado ella, necesitaba sentirse parte de algo más grande. Necesitaban comprender que dedicar su juventud al servicio de la Madre de Ocotlán no significaba encerrarse en una iglesia, sino abrir las puertas hacia una relación personal con lo divino. Las redes sociales eran solo el puente; la fe era el destino.

Aquella noche, mientras la procesión avanzaba por las calles iluminadas se recordaba como habían viajado miles de kilómetros un grupo de peregrinos brasileños para estar ahí y ser parte de algo que trascendía las fronteras políticas. De Polonia habían llegado otros; de lugares cuyo nombre los tlaxcaltecas apenas podían pronunciar, habían llegado creyentes que buscaban en Ocotlán lo mismo que buscaban los locales: un momento de conexión con lo sagrado.

Para Diana, ver a esos peregrinos era presenciar algo que llenaba su corazón de una alegría especial: “Es muy bonito que las personas conozcan más a Nuestra Madre Santísima” había dicho, con los ojos brillando bajo las luces de la basílica: “Que esta devoción sea conocida a nivel mundial. El reino de Dios debe de crecer, y Nuestra Madre Santísima está presente”.

El cartel de la Jornada Diocesana por la Paz desplegaba sus colores dorados y ocres como promesa. En él, el obispo aparecía junto a la Virgen de Ocotlán, sosteniendo su báculo y su rosario, con la torre de la basílica alzándose al fondo como testigo silencioso de siglos de fe. El lema resonaba como un susurro del cielo: "El corazón de María: camino para aprender la fraternidad y la paz".

La imagen de la Virgen, con su vestido dorado ornamentado y su manto verde oscuro, había sido impresa en miles de volantes que ahora sostenían las manos de los peregrinos. Su rostro joven y tranquilo parecía orar a cada uno de ellos, como diciéndoles que su presencia no era casual, que cada uno había sido llamado a estar ahí, en ese momento, en ese lugar.

El mapa de la bajada mostraba las calles de Tlaxcala como nunca antes se habían visto: transformadas en caminos de oración. Las líneas moradas señalaban el recorrido; las flechas verdes indican el sentido de la marcha. La bаsílica de Ocotlán aparecía en el punto de partida, y después, uno a uno, los lugares sagrados se alineaban como estaciones de un camino que los fieles recorrerán juntos.

Había puntos donde la Virgen se detendría frente a la fábrica, donde los trabajadores habían pedido sus oraciones. Otros donde los comerciantes del mercado elevarían sus súplicas por sus familias. Los niños, los jóvenes, los migrantes, los enfermos: “todos tenían un lugar en el recorrido, todos eran parte del plan que la diocese había diseñado para esa noche”.

La madrugada avanzaba cuando la procesión llegó a su punto final. Los rostros de los peregrinos estaban marcados por el cansancio, pero también por algo más profundo: la satisfacción de haber participado, de haber formado parte de algo que trascendía el tiempo. Diana había dicho las palabras que quedaron flotando en el aire como una bendición final: “Que vengan. Que pongan todas sus preocupaciones, sus aflicciones, sus alegrías, sus sueños, sus anhelos en manos de Nuestra Madre Santísima. Que vengan, que se acerquen, que vivan este momento único”. 

Es una experiencia inolvidable y los corazones se abrieron. Esa noche, como cada año, la Virgen de Ocotlán volvió a bajar, atravesando las calles de una ciudad que la esperaba con velas y canciones, con lágrimas y sonrisas, con la certeza de que algunas tradiciones no terminan porque nunca comenzaron como el simple latido de un corazón que no decide cuándo latir y más después de recibir a más de 20mil personas que vinieron a rendir homenaje a este rito.


 
 
 

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