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“Jamás diré no te puedo ayudar”: ética y afecto en los pasillos de la Facultad

  • Foto del escritor: Filoletras UATx
    Filoletras UATx
  • 6 may
  • 4 min de lectura

Carolina HERMIDA | Filoletras

06 de mayo de 2026



La historia de Yolanda Galindo, a quien de cariño todos conocemos como Yolita, se cuenta en voz baja, como si cada recuerdo tuviera todavía el eco de los pasillos que ha habitado durante más de cuarenta años. Su presencia en la Facultad de Filosofía y Letras no ha sido estridente, pero sí constante, imprescindible. Hay vidas que sostienen instituciones sin necesidad de ocupar el centro, y la suya parece ser una de ellas.

Foto: Carolina Hermida
Foto: Carolina Hermida

Todo comenzó en 1984, cuando llegó a la universidad casi por casualidad, impulsada por el ejemplo de su hermana. Venía a tomar un curso de inglés, sin imaginar que ese gesto inicial abriría una vida entera. “Nunca imaginé que de un curso de inglés llegara a formar parte de esta importante institución”, recuerda. Tenía dieciocho años y, sin saberlo, estaba entrando en el espacio que terminaría por nombrar como suyo. Pronto dejó de ser visitante. Entre listas de asistencia, pequeños encargos y la cercanía con los directivos, comenzó a tejerse una relación que se volvería definitiva. “Me hice parte de todos”, dice, y en esa frase cabe una forma de pertenencia que no se aprende, sino que se construye día a día.


El trabajo, sin embargo, no fue sencillo. Su rutina implicaba jornadas largas, traslados desde San Martín Texmelucan y una facultad que aún no contaba con las condiciones actuales. “Salía de casa desde cuarto para las siete… regresaba a las nueve y media de la noche”, recuerda. Aun así, ese ritmo no quebró su entusiasmo; al contrario, le permitió comprender el valor de lo que estaba construyendo. En aquellos años, su labor no tenía límites definidos. “Yo era la todóloga”, afirma con una mezcla de humor y orgullo: atendía dirección, coordinaciones, control escolar, titulación, nóminas, eventos. Pero más allá de las tareas, lo que define su trabajo es una ética. Nunca aprendió a decir que no: “Jamás en la vida me vas a escuchar decir: no sé, no te puedo ayudar”. En esa disposición se cifra una manera de entender el servicio universitario como acompañamiento.


A lo largo del tiempo, fue testigo de las transformaciones de la facultad: su crecimiento académico, la creación de nuevas licenciaturas, la llegada de disciplinas que ampliaron el horizonte de las humanidades. Sin embargo, su memoria no se detiene en la infraestructura, sino en las personas. “He tenido la oportunidad de conocer a muchos estudiantes que se han vuelto mis amigos”, cuenta, y ese tránsito de lo institucional a lo afectivo parece ser una de las claves de su historia. En medio de ese acompañamiento constante, también creció un anhelo personal. Mientras despedía a estudiantes que partían a viajes académicos, una pregunta insistía: “¿Por qué no puedo ser uno de ellos?”. Esa inquietud se convirtió en motor. Terminó la preparatoria en sistema abierto y, años más tarde, logró ingresar a la universidad. “Yo quiero ser universitaria”, se repetía entonces, como quien nombra un destino posible.


El camino no fue fácil. Hubo momentos en los que tuvo que elegir entre trabajo y estudio, pausas obligadas, regresos, pérdidas personales y obstáculos institucionales. Aun así, persistió. Finalmente, eligió la antropología como campo de estudio, impulsada por el deseo de comprender al ser humano: “Quiero saber por qué las personas son como son”. Contra todo pronóstico, concluyó su licenciatura con mención honorífica, cerrando un ciclo que había comenzado décadas atrás como un sueño postergado.


Cuando habla de su labor, Yolanda no recurre a términos técnicos, sino a principios. Ser solidaria, ser empática, estar disponible. “El trabajo no nada más es administrativo, es todo lo que se te pueda presentar”, explica. En ese “todo” caben los gestos mínimos y las urgencias inesperadas, desde orientar a un estudiante hasta atender una emergencia. Su compromiso, insiste, es con las personas: “Nos debemos a los estudiantes”. Esa cercanía ha tejido vínculos que trascienden el tiempo. Lo que permanece, asegura, son las relaciones construidas: “Lo más valioso son las amistades”. En esa red afectiva, la facultad deja de ser un espacio de tránsito para convertirse en comunidad.


Entre los recuerdos que guarda, hay uno que ilumina su trayectoria. En algún momento, fue considerada para recibir el reconocimiento como mejor trabajadora administrativa, aunque no lo obtuvo entonces. La respuesta de sus colegas fue inesperada: organizaron una comida en su honor, le ofrecieron palabras de agradecimiento y la nombraron “la campeona sin corona”. Años después, el reconocimiento oficial llegaría, pero aquel gesto permanece como el verdadero premio.


Hoy, al acercarse al cierre de su vida laboral, Yolanda no habla de ruptura, sino de continuidad. “Esta universidad fue mi casa y lo será siempre”, afirma. La institución no es solo un lugar donde trabajó, sino el espacio donde construyó su historia, sus vínculos y su identidad. Piensa en lo que viene con serenidad. Quiere estudiar italiano, escribir, tal vez comenzar ese libro donde reúna su memoria personal con la historia de la facultad. Porque si algo ha aprendido en estos años es que las instituciones también se narran desde quienes las sostienen. Y en su caso, esa narración no está hecha de grandes discursos, sino de una convicción sencilla y profunda: estar para los otros, todos los días, sin excepción.




 
 
 

1 comentario


eduardoecb
07 may

Lo más importante es alcanzar el objetivo y tiene más mérito cuando se vencen los obstáculos. Tu eres ejemplo de ello.

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