Habitar el mundo desde la literatura
- Filoletras UATx
- 14 abr
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Cheirla CARMONA|filoletras
14 de abril del 2026

Foto: Dr. Nicolas Piedade
Habitar una lengua no es únicamente aprender a nombrar las cosas; es, en cierto modo, aprender a existir en otro ritmo del mundo. Para Nicolas, profesor de literatura formado en Francia y ahora arraigado en México, la experiencia de migrar no fue una fractura, sino una apertura.
Al llegar, el español no era más que un eco lejano aprendido años atrás, lo suficiente para decir su nombre, pero no para sostener una conversación. Sin embargo, como él mismo explica, la lengua no se aprende desde la teoría, sino desde la urgencia de la vida cotidiana. Hablar para comprar, para preguntar, para orientarse. En ese “baño lingüístico”, el idioma deja de ser estructura y se convierte en experiencia.
Lo que parecía un posible choque cultural se transformó, con el tiempo, en una forma de inmersión. Nicolas insiste en que el aprendizaje no fue solitario; la gente fue fundamental. La paciencia de quienes lo rodeaban (colegas, estudiantes, desconocidos) hizo del error un espacio de confianza. Incluso en el aula, reconoce, su propia incertidumbre se vuelve herramienta: “aprendo mucho en clase”, dice, como si enseñar y aprender fueran parte del mismo movimiento.
Migrar, en su experiencia, no implica ruptura, sino tránsito. Desde joven había aprendido a habitar ese “entre”, crecer con una herencia cultural diversa le permitió entender que el mundo no es único, sino plural en sus formas de nombrarse. Por eso, afirma con claridad: “la lengua no es una barrera, es un puente”.
Vivir entre lenguas no divide la identidad, la expande. Para Nicolas, cambiar de idioma no transforma el mundo, sino que lo vuelve más amplio. Más palabras no sustituyen la realidad, sino que la enriquecen.
En ese sentido, su reflexión recuerda a Ludwig Wittgenstein, quien planteaba que los límites del lenguaje son también los límites del mundo. Nicolás lo expresa desde su experiencia, a mayor vocabulario, mayor capacidad de percibir, nombrar y habitar la realidad. Pero no todo es ganancia. También hay desplazamientos. Existen palabras que no encuentran equivalente, emociones que se diluyen al intentar traducirse. Nicolás lo describe con precisión, cuando una lengua no contiene lo que se quiere decir, uno se ve obligado a “hacer trampa”, a rodear el sentido con varias palabras o metáforas.
Y, sin embargo, en esa dificultad emerge una forma de belleza. Hay términos (como “apapachar”) que no tienen traducción directa. Otros, como “saudade”, contienen una densidad emocional imposible de trasladar por completo. En esos límites, el lenguaje revela su dimensión más poética.
La traducción, entonces, aparece como un ejercicio inevitablemente imperfecto. Nicolás retoma una idea conocida: traducir es, en cierto modo, traicionar. Se pierde el ritmo, la musicalidad, la precisión del estilo original. Pero se gana algo esencial, la posibilidad de que una obra exista para otros. Como él mismo señala, traducir permite que un texto encuentre nuevos lectores, nuevas interpretaciones, nuevas vidas. En ese proceso, el traductor no es sólo un intermediario, sino un creador, alguien que reconstruye sin borrar del todo la huella original.
Con el tiempo, la lengua deja de ser externa. Se vuelve interior.
Nicolas lo dice con naturalidad: “pienso, sueño e incluso me enojo en español”. El idioma ya no es una herramienta que se utiliza desde fuera, sino un espacio que se habita desde dentro. El pensamiento mismo se reorganiza en esa nueva lengua.
Pero este proceso exige una disposición particular, dejarse atravesar por el entorno, no resistirse a él. Escuchar cómo hablan los otros, cómo nombran el mundo, cómo lo viven. Para Nicolas, las personas son los verdaderos maestros de una lengua.
Al final, la relación entre lengua y literatura se revela como inseparable. Nicolas lo resume con claridad: “una no existe sin la otra”. La literatura nace de la lengua, pero también la transforma, la tensiona, la reinventa.
No es sólo un medio de comunicación, sino un espacio de juego, de invención, de extrañamiento. Un lugar donde las palabras dejan de ser transparentes y se vuelven materia viva.
Y es ahí, en ese territorio inestable entre lenguas, donde Nicolas habita, no como alguien dividido, sino como alguien que ha aprendido que el mundo puede decirse y vivirse de muchas formas distintas.



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