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Entre el pasado y la modernidad: Un día en la vida de una monja

  • Foto del escritor: Filoletras UATx
    Filoletras UATx
  • 3 may
  • 7 min de lectura

Carolina HERMIDA,

Yamila SORIANO,

Cheirla DÍAZ | Filoletras

03 de mayo de 2026



Cuando pensamos en la palabra monja al instante nos remitimos a otra época. Se nos viene a la cabeza los conventos de los años 1500, recordamos a Santa Teresa de Jesús mística fundadora de la Orden de las Carmelitas Descalzas ó a Sor Juana Inés de la Cruz con su hambre insaciable por el conocimiento; ambas fueron mujeres que marcaron la historia y sus nombres siguen resonando en la actualidad. Sin embargo, pocas veces pensamos en las mujeres que hoy en día ejercen el oficio de monjas. 


En Tlaxcala, si miramos con atención, notamos como la historia se funde con la modernidad. Caminamos por sus calles sin cuidado, ignorando que entre sus avenidas hay espacios encerrados en el tiempo, de los cuales solo se nos desvelan pequeños vistazos. De repente pasan a nuestro lado mujeres vestidas con hábitos, envueltas en un aura mítica. Quiénes son, a dónde van, cómo viven. Son pensamientos que cruzan nuestras mentes por un momento y después seguimos con el mismo ritmo de vida. 


Pero si decidimos detenernos y observar, nos adentraremos en los lugares donde el silencio es una regla y no una excepción. Junto al Teatro Xicohténcatl, se encuentra ubicado el Monasterio de San José de las monjas Agustinas Recoletas Contemplativas, fundado en los años cincuenta. Un lugar que se camuflajea con la ciudad. De igual modo, sucede con el convento ubicado en el Pocito, el cual, a diferencia del Monasterio de las Agustinas Recoletas, desde que uno sube y observa la arquitectura, se ubica en otro mundo. 


En ambos lugares, nos encontramos con formas de vida completamente distintas a las cotidianas. Vidas que se instalan en la modernidad exacerbante, buscando resistir los cambios o adaptarse. 



Foto: Oscar Figueroa
Foto: Oscar Figueroa

La contemplación en el silencio


Entrar, aunque sea a través del testimonio, a estos espacios implica modificar la percepción del tiempo. En el caso de Sor Guadalupe, monja contemplativa, el día no se mide por pendientes ni por notificaciones, sino por campanadas. Su jornada comienza antes del amanecer: a las 5:45 de la mañana todo debe estar listo para ingresar a la capilla a las 6:00. El oficio de lectura abre el día, seguido por largos momentos de oración personal. Más tarde, los laudes no se quedan dentro del claustro, son transmitidos por Facebook. Ese gesto, casi discreto en la narración de Sor Guadalupe, introduce una fisura en la idea tradicional de clausura. La oración, que es íntima y comunitaria a la vez, se proyecta hacia un público invisible, digital, que  participa desde fuera. El claustro ya no es únicamente un espacio cerrado, sino que también se vuelve un punto de emisión.


Sor Guadalupe, en la entrada secundaria al Monasterio
Sor Guadalupe, en la entrada secundaria al Monasterio

Después de la celebración eucarística y otro momento de silencio, la jornada avanza hacia las 9:00 con la hora litúrgica de tercia. Sólo entonces viene el desayuno. Se realiza en silencio, pero no en vacío, una hermana lee en voz alta textos devocionales como Hablar con Dios o fragmentos de la vida de los santos. Mientras el cuerpo se alimenta, la palabra circula. Aquí no hay pantallas ni prisa, pero sí una forma de mediación: el texto leído organiza la experiencia, la interpreta, la acompaña. Es otro tipo de consumo cotidiano, más lento, pero igualmente estructurado.


Una monja contemplativa leyendo en la capilla del Monasterio
Una monja contemplativa leyendo en la capilla del Monasterio

Tras el desayuno, visitan de nuevo la capilla y luego se dispersan en sus actividades. Sor Guadalupe trabaja en la provisoría. Ahí prepara los alimentos que después se venden. Rompope, galletas, platillos que requieren técnica, organización, tiempos precisos. La economía del convento depende en parte de este trabajo. Aunque no lo nombra en términos empresariales, hay una lógica productiva clara. La vida contemplativa no está desligada de la autosustentabilidad; más bien la integra sin convertirla en el centro.


A la 1:45 regresan a la capilla para otra hora litúrgica. Después viene la comida, nuevamente en silencio y acompañada por lecturas, esta vez de la Sagrada Escritura o de textos agustinianos. La repetición no es monotonía, sino estructura. El día no avanza por urgencias, sino por ritmos establecidos que ordenan tanto el tiempo como la atención.


Por la tarde se abre otro bloque de trabajo. Las hermanas en formación estudian; las profesas, como Sor Guadalupe, continúan en sus encargos. Algunas cosen ornamentos litúrgicos, otras preparan alimentos, otras sostienen tareas internas. No hay dispersión, pero sí diversidad de funciones. La comunidad opera como un organismo donde cada parte cumple un rol específico. A las 5:30 suena de nuevo la campana. Rosario, vísperas, una hora de oración personal en silencio. Después, algo que podría pasar desapercibido, pero que introduce otra dimensión: el estudio de canto. La voz también se disciplina, se entrena, se perfecciona. No como espectáculo, sino como parte de la vida litúrgica.


La cena ocurre más tarde, seguida de completas a las 9:00, la oración que cierra el día. Sin embargo, el cierre no siempre es definitivo. Si hubo pedidos pendientes o no terminados, algunas hermanas, incluida Sor Guadalupe, prolongan la jornada hasta las 10:30 u 11:00 de la noche. Aquí aparece otra forma de modernidad, la extensión del trabajo más allá del horario ideal, no por presión externa, sino por la lógica interna de cumplimiento.


En medio de esta estructura, hay elementos que reconfiguran la imagen clásica del convento. La transmisión de oraciones por redes sociales, la producción y venta de alimentos, la organización comunitaria que implica la administración de los recursos (luz, agua, teléfono), e incluso la conciencia explícita de problemáticas contemporáneas, jóvenes, familias y crisis personales forman parte de su cotidianidad.


Sor Guadalupe no vive desconectada del mundo, sino vinculada a él desde otro lugar. Su día no incluye desplazamientos urbanos ni interacción directa con multitudes, pero sí una atención constante a realidades externas que llegan a través de la oración, de los discursos circulantes, de las necesidades que intuye. La modernidad, en su caso, no entra como ruido, sino como contenido. Aquello por lo que se ora, aquello que se intenta sostener desde el silencio.


Sor Guadalupe en la entrada al Monasterio
Sor Guadalupe en la entrada al Monasterio

Así, su rutina se construye como una paradoja viva. Una existencia regulada por siglos de tradición que, sin embargo, incorpora dispositivos, dinámicas y preocupaciones plenamente contemporáneas. No hay ruptura, sino una especie de superposición de tiempos, el antiguo y el actual conviviendo en un mismo día que comienza, invariablemente, antes del amanecer y se cierra, aunque nunca del todo, en la quietud de la noche.


El movimiento consciente


A diferencia de las monjas contemplativas, el testimonio de Sonia Cabrera Sánchez permite observar otra vertiente: la vida religiosa activa. Configurándose a partir de una experiencia profundamente personal que, sin embargo, se inscribe en una estructura institucional claramente definida. Su relato permite observar cómo la vocación no se presenta como un evento inmediato o plenamente consciente, sino como un proceso gradual de incorporación, marcado por dudas iniciales, condiciones adversas y una progresiva reafirmación de la decisión tomada. 


Sonia Cabrera, monja activa
Sonia Cabrera, monja activa

Sonia señala que su ingreso al convento ocurrió a una edad temprana: “yo entré de 14 años al convento”, lo que implica una etapa formativa atravesada por tensiones propias del desapego familiar y la incertidumbre vocacional. Este proceso se ve intensificado por condiciones personales específicas, como problemas de salud que la limitaba al momento de ingresar. En este sentido, su narrativa articula la experiencia de la vocación con una dimensión interpretativa de carácter religioso, en la que ciertos acontecimientos como su recuperación física, son leídos como signos que confirman su permanencia dentro de la comunidad: “a los tres meses… me curé. Entonces ya pude caminar… y ya no regresé con mis papás”. 


En cuanto a la vida cotidiana, Sonia propone una analogía significativa al comparar su experiencia con el matrimonio. Esta comparación no sólo cumple una función explicativa, sino que permite entender la vida religiosa como un vínculo sostenido en el tiempo, atravesado por distintas etapas: “primero conoces…, luego te enamoras…, luego dices: de aquí soy”. A través de esta estructura, se enfatiza que la permanencia en la vida consagrada no depende de una idealización constante, sino de un compromiso que persiste incluso frente a dificultades: “sí ha habido momentos difíciles, pero cuando amas… dices, voy a seguir”. 


Su descripción del día a día refuerza la idea de una organización eficiente del tiempo, donde las actividades se encuentran previamente establecidas. La jornada inicia antes de las cinco de la mañana, con un periodo de oración en silencio, seguido por labores domésticas y actividades pastorales. Sonia destaca que estas tareas no son asignadas de manera fija, sino rotativa, lo que implica una participación equitativa en el sostenimiento de la comunidad: “una semana te toca cocinar…, a la siguiente lavar…, a la siguiente planchar”. Esta dinámica evidencia una estructura funcional orientada a la corresponsabilidad. 


La caplla principal del convento
La caplla principal del convento

Asimismo, su testimonio pone de relieve la dimensión relacional de la vida conventual. Lejos de idealizar la convivencia, reconoce que existen tensiones y conflictos cotidianos: “hay veces que estás muy contenta, hay veces que también estás enojada”. No obstante, estos desacuerdos se gestionan mediante mecanismos de corrección interna y bajo la supervisión de una autoridad, lo que permite mantener la cohesión del grupo sin recurrir a formas extremas de confrontación. 


Finalmente, Sonia aborda la incorporación de tecnologías como un cambio reciente dentro de la comunidad. El uso de teléfonos celulares, por ejemplo, surge como respuesta a necesidades de comunicación, especialmente en contextos donde las hermanas se encuentran dispersas geográficamente. Sin embargo, subraya que su uso está regulado y orientado a fines específicos: “no que nos vigilen, sino que nos hacen tomar conciencia para qué lo debemos hacer”. Esta afirmación evidencia una postura institucional que busca integrar herramientas contemporáneas sin desarticular los principios de la vida religiosa. 


En conjunto, el discurso de Sonia permite comprender la vida de las monjas activas como una experiencia que combina elementos normativos e interpretativos. Por un lado, se encuentra estructurada por reglas, horarios y jerarquías; por otro, se sostiene en una narrativa personal que otorga sentido a la permanencia, incluso en contextos de dificultad.


Ambos testimonios, el de Sor Guadalupe y el de Sonia Cabrera, permiten desmontar una idea simplificada de la vida monástica. No se trata de una existencia detenida en el tiempo, sino de una forma de vida que articula tradición y presente. En los conventos de Tlaxcala, el pasado no desaparece: se superpone con lo contemporáneo en prácticas concretas, en ritmos cotidianos, en decisiones que buscan sostener una identidad sin aislarla del mundo. Así, la figura de la monja deja de ser un vestigio histórico para convertirse en una presencia activa dentro de la modernidad. Una presencia que no siempre es visible, pero que, al observarla de cerca, revela una complejidad donde el silencio convive con la conexión digital, la oración con la economía, y la tradición con los desafíos del presente.




 
 
 

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