Enseñar como una vocación interminable: Entrevista al maestro José Luis Robles
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América Robles | Filoletras
31 de marzo
La vida escolar determina nuestra forma de aprender, así como de interactuar con los demás. Sin duda, estas experiencias consolidan parte de nuestra personalidad y formación, y también nos brindan habilidades que seguimos aplicando en la vida adulta. Por tanto, la enseñanza es un oficio noble y social. Sin importar a que nivel se aplique, la docencia requiere de paciencia, nobleza y motivación. Hay maestros que no sólo buscan alcanzar los aprendizajes esperados de un programa educativo, sino dejar huella en la vida de sus estudiantes. Tal es el caso del maestro José Luis Robles González, un profesional de 73 años, oriundo de Huactzinco, Tlaxcala y jubilado de la docencia desde 2006.

Comenta que la vocación por ser docente surgió del gusto por enseñar a los niños, ya que siempre ha tenido un carácter sociable y amigable que le ha permitido llevarse bien con los pequeños, por eso, se trata de una actividad que tuvo en mente por largo tiempo. Para cuando José Luis decidió ser maestro, transcurría el año de 1976 y las oportunidades laborales eran remotas. Fue entonces cuando se enfrentó a su primera misión: enseñar en una escuela rural de Hidalgo.
Su deseo por enseñar no se vió opacado con la indicación de establecerse en una escuela rural ubicada en “El Xuchitl”, Municipio de Agua Blanca, Hidalgo. Afirma que siempre supo que enseñar no es algo que se realice en casa, sino que es necesario salir para transmitir los conocimientos. Esta primera experiencia estuvo repleta de matices, pues en sus palabras: “Nunca me imaginé las condiciones en las que se encontraba la comunidad cuando fui enviado. Para empezar, al llegar a Hidalgo tuvimos que caminar, otros maestros y yo, alrededor de tres o cuatro horas para encontrar la escuela. Me acuerdo que salí de la casa a las 9:00 a.m. y llegamos a Agua Blanca a eso de las 7:00 p.m. Esas horas de viaje se repitieron cada fin de semana para visitar a nuestras familias” – comenta.
De inmediato se dio cuenta de que la distancia era tan solo el primer obstáculo, pues al llegar a la comunidad notó que se trataba de un lugar sin servicios básicos, como agua, gas, y luz, por otro lado, el clima se caracterizaba por un frío potente, un ecosistema variado y con fauna desconocida e incluso peligrosa. A pesar de eso, él sigue firme a la idea de que: “es necesario ir a enseñar a donde haga falta” – menciona.
Después de diez años trabajando en distintas comunidades rurales de Hidalgo, se despidió del frío demoledor, la fauna intimidante de la sierra, como serpientes y alacranes inoportunos, y de las buenas personas que tuvo la oportunidad de conocer. El maestro José Luis lleva atesorados en su corazón a los estudiantes que con entusiasmo hicieron que su esfuerzo valiera toda la pena. De igual modo, a los habitantes amables que lo hicieron sentir en el calor de un hogar, tanto así que, en uno de los municipios de Hidalgo conoció a la que sería su esposa, dice el maestro: “Estar tanto tiempo fuera de mi estado me hizo conocer a mucha gente, y entre los eventos sociales conocí a Susana, quien ahora es mi esposa, pues pasaba más tiempo en el rancho que en Tlaxcala”.
Aunque el maestro valora esta experiencia, reconoce que también fueron años de distanciarse de sus padres, hermanos y amigos, así como de las comodidades del hogar, las cuales difícilmente uno olvida. Posteriormente, el maestro se despidió de Hidalgo porque fue enviado a Calpulalpan, donde trabajó seis años. Aunque seguía lejos de casa, esta vez contó con la posibilidad de vivir en su municipio natal y transportarse todos los días al trabajo, el recorrido de ida y vuelta comprendía de 6 a 7 horas. Comenta que alguna de las dificultades de la profesión fue dejar de convivir con su esposa y sus hijos pequeños, ya que el viaje diario le seguía robando tiempo valioso.
Posteriormente, trabajó en San Pablo del Monte, escuela que lo cobijó por diez años y de la que recuerda con cariño una anécdota: “Cuando llegué me dieron sexto grado. Siempre me daban los grados de quinto y sexto. De inmediato empecé a estudiar mucho con los niños porque teníamos que prepararnos para un examen de conocimientos. Elegí un alumno y ganamos. Fuimos galardonados porque era la primera vez que la escuela obtenía un concurso. Supe entonces que era una buena señal y siempre me gustó acompañar a los niños en los meses de preparación porque sabía que con dedicación tendrían éxitos” – expresa.
Luego, logró cambiarse al municipio de Zacatelco, por fin se encontraba cerca de casa, a tan sólo 15 minutos de su hogar. Sintió alivio y emoción, así como nostalgia por recordar su trayectoria siendo docente tan lejos de Huactzinco. Irónicamente, en este sitio sólo trabajó dos años y después se jubiló. Comenta el maestro José Luis que quizás no visitó tantas escuelas como se podría imaginar, sin embargo, vió el paso de generaciones, conoció a familias y se hizo de amistades significativas.
El maestro, haciendo una mirada de retrospección, nota que los años que pasó viajando no los ve con tristeza, sino como un llamado de la profesión: “Ser maestro significa dar parte de la vida de uno. Es ver por los semejantes y por los niños que están aprendiendo de la vida. Aprendí y llevé la enseñanza hacia donde hacía falta” – enfatiza.
Expresa que al jubilarse terminó una etapa, ya que comenzaba el uso de los dispositivos móviles y piensa que el proceso de actualización iba a representar un conflicto. Asimismo, desconoce las condiciones actuales de los ranchos en los que trabajó, pero en él todavía existe una inquietud, ya que en ese tiempo, la educación básica difícilmente llegaba hasta allá, y junto a la ausencia de servicios, ocasionaba la falta de oportunidades para los habitantes. Afirma que: “Muchas escuelas rurales están olvidadas. En el abandono. Hay que tener consideración, casi nadie quiere atreverse a llevarles el conocimiento”
El gusto por enseñar sigue presente en su vida, es algo que sigue practicando con vitalidad. Resalta que es muy importante: “llevar mensajes a los demás. Es necesario tener paciencia y buena actitud”. Tras jubilarse siguió enseñando en grupos religiosos de algunos municipios de Tlaxcala. Actualmente, aplica la didáctica en las actividades de la iglesia de Huactzinco en la que comparte con jóvenes y adultos, así como en el hogar con sus hijos y nietos. El retiro lo vive de forma feliz, sabiéndose privilegiado de poder realizar sus actividades favoritas: cuidar sus terrenos de campo, atender su huerta, estudiar temas varios, viajar, leer, y sobre todo, tener libertad.

Destaca que la enseñanza debe compartirse desde la humanidad y la solidaridad. Admite que en la docencia, lo más importante es formar a los niños y jóvenes, quiénes configuran el futuro. Dice: “Trabajar en escuelas rurales transformó mi vida, aprendí de empatía y reconocimiento. Estoy orgulloso de haber sido docente y de haber tenido esta misión. Me siento bendecido porque he tenido lo que quería.”
Concluye que lo más importante, desde su punto de vista, es que aprendió a respetar y a apreciar al prójimo, considera que en el aula la convivencia genera lazos de respeto, valores y comprensión. Para él, trabajar desde la vocación y el deseo de ayudar le ha permitido vivir con alegría en el corazón. De esta manera, la docencia es un llamado para aprender de los otros, y para enseñar más allá de los conocimientos.



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