Crónica de una caída al mundo artístico de Teódulo Rómulo
- Filoletras UATx
- 15 may
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Actualizado: 19 may
Carolina Martínez | Filoletras
Atravesando el umbral
Eran poco antes de las cinco de la tarde de un miércoles cualquiera. Afuera, el centro de Tlaxcala seguía siendo ese caos de lo cotidiano, vendedores terminando el día, el rumor de los motores y una luz naranja, casi líquida, que comenzaba a bañar el parque central. Caminé hacia el Museo de Arte de Tlaxcala y, al cruzar el umbral de la puerta, sentí que dejaba atrás mi propio mundo para entrar de lleno en la visión que Teódulo Rómulo me ofrecía. El ruido desapareció de golpe. Del otro lado solo quedaba el silencio y, casi inmediatamente, los azules y rojos intensos de sus obras, extendiéndose afuera de las salas como si quisieran atraparlo todo.
Mi interés por Teódulo había comenzado días antes, durante la inauguración de su exposición. Esa tarde el artista quemó una de sus propias obras frente al museo para exigir mayor apoyo al arte. Al día siguiente la noticia estaba en todas partes. Había algo muy interesante en convertir una protesta en una especie de performance.

En tiempos donde muchos parecen demasiado cansados para exigir cualquier cosa, él seguía ahí, quemando su propia obra por algo tan constantemente menospreciado como el arte. Porque siempre aparece la misma idea de que el dinero destinado a la cultura debería ir a calles, parques o cosas “más importantes”. Como si el arte fuera apenas un adorno y no una de las cosas capaces de incomodarnos, hacernos reflexionar o cambiar nuestra manera de mirar el mundo.
Después descubrí que Teódulo Rómulo era originario de una pequeña comunidad de Tetla. Y eso terminó sorprendiéndome todavía más. Tal vez porque solemos mirar demasiado hacia afuera y muy poco hacia lo que ocurre cerca de nosotros. Hasta entonces, para mí, había sido un artista completamente desconocido, aun viniendo de un lugar tan próximo. Fue ahí cuando nació la verdadera curiosidad de entrar a su mundo y tratar de entender su propuesta artística, profundamente enigmática y simbólica.
La caída en la madriguera
Como una Alicia me dejé caer en la madriguera del conejo blanco. Mis pasos resonaban en el suelo mientras avanzaba hacia las salas. No había demasiada gente. Sentía la necesidad de mirar cada detalle, de no olvidar pasar la vista por cada figura, cada color y cada forma. Al subir al segundo piso, la primera sensación fue la del exceso. Cada cuadro parecía un ecosistema lleno de criaturas cubistas. Toros, caballos, gallos, catarinas y triángulos aparecían una y otra vez, multiplicándose entre manchas de color y líneas apenas insinuadas. Me acerqué muchísimo a algunas pinturas intentando seguir el rastro de las formas, tratando de descubrir por qué ciertas partes estaban trabajadas con tanto detalle mientras otras parecían inacabadas.
Mientras recorría la exposición comenzaron a surgir preguntas todo el tiempo. ¿Por qué aparecen tantos animales? ¿Por qué los cuerpos se mezclan de esa manera? ¿Por qué algunos cuadros de la “Serie Negra” tienen color? Y también pensé en algo que siempre me ocurre frente a cierto tipo de arte, por qué me gusta tanto lo inacabado, las pinturas que parecen bocetos, las figuras que apenas se insinúan sin terminar de concretarse por completo.

Pensé que tal vez me gusta ese tipo de arte porque deja un espacio para apropiarme de lo que estoy viendo, para intervenirlo con la mirada. Ahí se terminan mezclando dos mundos, la visión del artista y la mía al observarla. Un choque de miradas que completa el significado de la obra, que lo profundiza. Para mí, ahí está una de las cosas más fascinantes del arte, en la posibilidad de detenerse a pensar qué intentaba decir alguien más, más allá de lo evidente, construir una opinión propia frente a lo que se tiene enfrente y dejar que la obra produzca algo en el cuerpo. Preguntarme si me gusta o me incomoda, por qué ciertas imágenes permanecen conmigo incluso después de salir del museo, qué fibras mueve y qué cosas revela también sobre quien la está mirando.

El reino de la geometría y el caos
El verdadero descenso ocurrió en el primer piso. Ahí me esperaba la “Serie Negra”. Si el piso superior tenía algo de sueño extraño, este pertenecía a la pesadilla. Me detuve frente a escenas que parecían arrancadas del infierno, cuerpos mutilados, figuras encimadas y un torbellino de tinta china donde los cuerpos humanos parecían explotar frente a los ojos. Había torsos abiertos, cabezas separadas del cuerpo y jesucristos armados, encadenados a un mundo muerto del que parecían no querer formar parte. Mujeres fusionándose con caballos, toros con rostros humanos, de perros o de cerdos, criaturas aladas con patas de cabra y animales con expresiones inquietantemente humanas. Todo resultaba sofocante y fascinante al mismo tiempo.

Y no hacía falta recorrer demasiadas piezas para darse cuenta de que su obra estaba profundamente atravesada por lo político. Ahí estaban los cerdos y las ratas acompañados por signos de pesos, las referencias constantes a la violencia y los cuadros con frases brutales como “pinche padrecito violador”, escritas con una cruda denuncia. Además, los títulos de sus obras eran graciosos, absurdos e irónicos, y siento que funcionaban como una extensión natural de las propias pinturas. “Un pinche magote con su huevote”, leí en una de las fichas, y no pude evitar reírme. Había algo muy interesante en esa forma de romper la solemnidad, porque sus cuadros también hacían eso todo el tiempo. Por momentos parecían completamente serios, violentos incluso, y de pronto aparecía algún detalle extraño e irónico que quebraba esa tensión.
Luego estaban las otras pinturas que también me obsesionaron, las de los toros tomando el lugar de los humanos y celebrando la muerte de un torero, como siempre me gustaría que sucediera. Hay algo satisfactorio en esa inversión de papeles, en ver al animal ocupando el lugar de la víctima vengada. Para terminar el viaje por el mundo del artista me quedé quieta, casi hipnotizada, frente a las orgías, mis obras favoritas. Cuerpos en posiciones imposibles, excesivas y profundamente corporales, pero justo por eso fascinantes. El azul y el violeta intensísimo de la acuarela servían de escenario para una mezcla extraña de violencia y placer. Toros derramando fluidos sobre bocas humanas, un exceso corporal, fluidos por todas partes.
La salida de la madriguera

El pequeño viaje por seis décadas del arte de Teódulo Rómulo había llegado a su fin. Su estancia en París, las latas de cerveza y las corcholatas incrustadas en algunas piezas, los títulos irreverentes, los cientos de toros, catarinas, triángulos y huevos que aparecían una y otra vez en sus cuadros, incluso esa evidente influencia prehispánica que atravesaba ciertas pinturas, habían ido construyendo poco a poco una forma muy particular de mirar el mundo. Y aunque nunca había hablado con él, sentía que de alguna manera lo conocía un poco a través de su arte. Entonces recordé una idea de Kandinsky, que menciona en Sobre lo espiritual en el arte: “La verdadera obra de arte nace del artista: una creación misteriosa, enigmática y mística. Se desprende de él, adquiere vida autónoma”. Quizá por eso recorrer la exposición se sentía tan parecido a entrar en la mente de alguien más, como si cada cuadro conservara todavía algo vivo de quien lo pintó.
Creo que esa es una de las cosas más impresionantes de rodearse de arte y de otras visiones. Entrar por un momento a la mente de alguien más y descubrir que el mundo también puede verse así, caótico, violento, absurdo, surrealista, cubista. Como si el artista tomara todo eso que lleva dentro y lograra materializarlo frente a otros, volver visibles obsesiones, recuerdos, miedos o imágenes que de otra forma existirían solo en su cabeza. El arte ofrece la posibilidad de acercarse a otras maneras de entender el mundo y tratar de encontrar algo propio dentro de ellas. A veces incomodidad, a veces fascinación, a veces preguntas que no terminan de responderse nunca.
Cuando finalmente crucé el umbral de salida, el mundo exterior seguía ahí, el ruido del centro, los carros y la gente apresurada. Todo continuaba igual. Pero algo dentro de mí había sido removido, las imágenes, los colores y las preguntas que dejaron las pinturas seguían agitándose dentro de mí, mucho después de abandonar las salas.




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